Al infinito y más allá: militarización y armamentización del espacio ultraterrestre

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Tanto la militarización como la armamentización del espacio ultraterrestre juegan un rol clave en el panorama de la seguridad internacional y, por tanto, en las relaciones exteriores de los poderes globales del mundo. No obstante, ambos fenómenos incumben también a los países en vías de desarrollo que cuentan con capacidades espaciales, como los Estados del Cono Sur latinoamericano. 

La dependencia civil y militar de los servicios espaciales es cada vez mayor y su manipulación intencionada suscitará graves consecuencias para la vida de las sociedades en sus respectivas naciones. El conocimiento científico y el desarrollo tecnológico del espacio constituyen una fuente primaria para la seguridad humana y la defensa nacional, por lo cual los Estados —principalmente en vías de desarrollo— deben comenzar a preparar su viaje hacia el infinito y más allá. 

Dos caras de la misma moneda

El ser humano ha estado mirando hacia el espacio exterior desde tiempos inmemorables y no ha dejado de buscar extender su dominio hacia él. Ya en el siglo XVI, Galileo Galilei construyó un telescopio para estudiar el cielo, convirtiéndose en el primer hombre en observar la Luna y el cosmos de cerca. La evolución de la historia y la humanidad ha permitido que la militarización se convierta, en los últimos años, en una de las más clásicas articulaciones del espacio ultraterrestre. Por esto, la tecnología y las ciencias espaciales se han desarrollado, mayoritariamente, bajo la órbita de las Fuerzas Armadas de cada país. Proporcionando un alto apoyo logístico-financiero, los instrumentos militares se interesan en develar los desafíos de la potencial nueva frontera de la guerra.

En la construcción discursiva, la noción del espacio militarizado ha sido transformada por la del espacio ultraterrestre “armado” —armamentización del espacio—. Por ende, es crucial para cualquier análisis riguroso aclarar que la militarización y la armamentización del espacio exterior no son sinónimos, sino dos aspectos distintos de un mismo fenómeno. El primero se refiere a la utilización del espacio con fines militares, mientras que el segundo alude al despliegue de armas en él, o a los sistemas de armamento ubicados en tierra, mar y aire con capacidad destructiva ultraterrestre.

En este sentido, existe cierto consenso internacional que define como arma espacial a cualquier dispositivo, ya sea en la tierra o en el espacio ultraterrestre, diseñado para causar daño físico u operacional a un objeto en el espacio ultraterrestre o en la Tierra, a través de la proyección de masa, de energía o por contacto físico directo. Las implicancias de un ataque producido a partir del armamento espacial suelen ser catastróficas, pues el receptor del mismo sufrirá la pérdida —total o parcialmente— de sus sistemas de comunicaciones, de navegación y de defensa. 

Sin embargo, la militarización del espacio es un término mucho más amplio, ya que no implica necesariamente su armamentización. La tergiversación de los términos se exacerba por el uso dual característico de las tecnologías espaciales con fines militares. Por ejemplo, el sistema GPS se puede utilizar directamente para bombas y misiles de crucero, además de proporcionar soporte para la inteligencia militar, vigilancia, cartografía, navegación y datos ambientales útiles para la seguridad nacional. La presencia de un marco legal espacial internacional podría ayudar a restringir la militarización del espacio ultraterrestre a fin de evitar que se degenere en su armamentización y uso destructivo. 

Jurisprudencia del espacio exterior

El Sputnik 1, el primer satélite lanzado al espacio el 4 de octubre de 1957, sentenció el inicio de la era espacial y el entusiasmo de Estados Unidos y la Unión Soviética por dominar el espacio ultraterrestre durante la Guerra Fría. Hasta su finalización, ambas superpotencias habían puesto en órbita cientos de satélites con alguna aplicación militar. Dichos satélites neutralizaron el peligro de la carrera armamentística entre la Unión Soviética y los Estados Unidos en dos aspectos. En primera instancia, al favorecer la información recíproca respecto a la potencialidad de sus fuerzas, los satélites permitieron a los contrincantes mitigar los excesos del rearme auspiciado por los hombres partidarios de estrategias más agresivas. Al mismo tiempo, perfeccionar la capacidad de golpear objetivos cruciales se convirtió en un elemento esencial para la credibilidad de la amenaza nuclear y, por ende, de la disuasión. Su consecuencia inmediata ha sido el desarrollo de la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD).

En este entorno, la consternación de la comunidad internacional generó los primeros esfuerzos destinados a la regulación jurídica de la carrera armamentista espacial. Pese a que en 1958 se creó la Comisión Especial sobre Utilizaciones Pacificas del Espacio Ultraterrestre, recién en 1967 se firmó el Tratado del Espacio Ultraterrestre. Este último no sólo ha sido el primer impulso internacional que estableció las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio, sino que constituye la piedra angular del derecho que lo regula hasta el día de hoy. En síntesis, el tratado prohíbe la colocación de armas nucleares u otro tipo de arma de destrucción masiva en la órbita de la Tierra o  en cualquier cuerpo celeste. 

Con todo, el marco jurídico internacional únicamente prohíbe las armas nucleares y las de destrucción masiva en el espacio, mas no existe ninguna limitación respecto a la instalación de armas convencionales en los satélites espaciales, ni la utilización del mismo para funciones militares. Esto deja el camino llano para aquellos Estados que fomentan el armamento espacial y el espacio exterior como una nueva frontera de conflicto, tensiones y guerra. Así mismo, si el tratado obstruía el camino a la militarización activa —armamentización— del espacio, su militarización pasiva no quedaba excluida. 

Habida cuenta del efecto que produce la (falta de) cooperación internacional en materia espacial, es valioso reconocer la existencia de otros tratados, convenios y resoluciones afines. Sin embargo, en su mayoría, ajustan específicamente ciertos conceptos incluidos en el tratado de 1967, sin abordar integralmente las controversias y peligros que acarrea el mismo.

La nueva versión de la era espacial

Ciertamente, la militarización y el armamento espacial son un desafío legal creciente para la paz mundial. La práctica del espacio para impulsos militares, se ha vuelto ahora agresiva y peligrosa, puesto que diversas naciones persiguen la instalación de armas en el espacio como objetivo de sus programas de defensa. La evolución de las posesiones militares espaciales, del sistema de defensa contra misiles balísticos (BMD), de las armas láser antimisiles (AMW), y de los sistemas anti-satélite (ASAT) se presenta como signo de alerta para la comunidad internacional. El desarrollo tecnológico militar espacial sirvió de contención durante la Guerra Fría, pero la santificación prevista del espacio ultraterrestre no ha sido consumada hasta el momento.

Los sistemas espaciales aseguran una eficaz dislocación de las fuerzas empeñadas en las operaciones militares, haciendo de la militarización ultraterrestre una oportunidad más que una amenaza a la seguridad internacional. Empero, la armamentización parece inevitable en un mundo sin reglas claras, en manos de grandes potencias que se disputan en el espacio el liderazgo del orden mundial. Con esto, en caso de enfrentamiento, se aseguran la certeza de inutilizar y destruir la capacidad de mando y control, de comunicaciones, inteligencia, vigilancia y reconocimiento del adversario. En efecto, sin satélites, se reduce la capacidad de defensa frente al poder aniquilador de las armas de precisión guiadas. Queda establecida, entonces, una nueva regla de la geopolítica del conflicto: quien domine el espacio dominará la Tierra en un conflicto bélico.

El siglo XXI es testigo de los extraordinarios desafíos presentes en la dinámica internacional, los cuales ponen en jaque los aspectos más clásicos de la teoría de la seguridad. La tierra, el mar y el espacio aéreo han sido, tradicionalmente, los dominios estratégicos por excelencia. Es la disputa en el espacio ultraterrestre la que permite repensar el desarrollo de los medios y planeamiento de los instrumentos militares de cada Estado. La digitalización del campo de batalla depende de este nuevo -no tan nuevo- dominio estratégico, donde satélites de diversas capacidades sostienen gran parte de los sistemas del espacio tridimensional tradicional y del joven cuarto dominio rebelde: el ciberespacio. 

Es menester recordar que el uso dual de la tecnología espacial resalta el valor estratégico del espacio exterior. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, alegó que el espacio exterior constituye el “próximo dominio de guerra”, ampliando las dimensiones clásicas de conflicto. Así, la Fuerza Espacial fue establecida el 20 de diciembre de 2019, a la luz de amplios debates respecto a su creación e implementación. Su misión incluye el desarrollo de profesionales militares del espacio, la adquisición de sistemas militares espaciales y la maduración de la doctrina militar en términos de poder espacial. Precisamente, consiste en una nueva forma de tratar los asuntos militares en la órbita de la Tierra, protegiendo los satélites como activos esenciales en las guerras modernas. 

Pese a que la Fuerza Espacial estadounidense se considera un punto de inflexión dentro del fenómeno, sería ingenuo creer que la revalorización del espacio exterior como ámbito estratégico en el siglo XXI comienza recién a partir de entonces. En enero de 2007, China se convirtió en el tercer país en realizar una prueba de misiles ASAT exitosa al lanzar un misil balístico y destruir un satélite meteorológico propio inactivo. Esta demostración de la capacidad ASAT china alborotó a la comunidad internacional e introdujo nuevas reglas de juego, las cuales obligaron a las potencias a atender y modernizar sus programas espaciales. Países como Francia, Alemania, Italia, Israel, España y el Reino Unido han utilizado sus activos espaciales militares para comunicaciones e imágenes satélites, aunque podrían convertirse en armas competentes para arruinar los sistemas orbitales de países oponentes en caso de conflicto. Rusia también desarrolló su capacidad antimisil y ASAT, equipándose con los misiles S-400, puestos en servicio durante 2007, y con el desarrollo del nuevo misil S-500 de mejores prestaciones. Todo ello sin mencionar el programa ruso secreto de satélites inspectores, denominado Nivelir, impulsado desde 2011 hasta la actualidad. Este tipo de acciones desencadenaron la proliferación de la armamentización por sobre la militarización del espacio ultraterrestre. 

De la ficción a la realidad: América Latina

El espacio exterior es un lugar operativo para los equipos espaciales militares o una fuente de transporte para armas letales. La ansiedad por la armamentización espacial conduce a la desestabilización de la situación táctica entre las grandes potencias y los Estados más débiles. Naturalmente, esta carrera asimétrica amenaza la seguridad de las naciones más frágiles, como las latinoamericanas.

La militarización espacial en América Latina parece ser un área exclusiva de la ciencia ficción. En primera instancia, porque el poder espacial parece ser competencia única de los países desarrollados y con agendas de seguridad agresivas. Además, las políticas públicas de los Estados de la región abordan los temas más acuciantes para la opinión pública —salud, educación, vivienda y demandas sociales—. Nótese que ni el desarrollo científico-tecnológico ni la defensa nacional forman parte de los asuntos urgentes para los países latinoamericanos, acompañando el proceso de secundarización de la política espacial. 

Solamente el 31,82% de los Estados con desarrollo espacial en América Latina articulan sus esfuerzos mediante organismos técnicos, principalmente en la Fuerza Aérea. El asunto espacial aún no es percibido como un problema público ni considerado como un espacio geográfico por los gobiernos latinoamericanos. Cuando no se realiza un análisis estratégico ni se reconocen las tendencias de la dinámica internacional, es casi imposible aprovechar las ventajas estratégicas que ofrece el espacio ultraterrestre no solo para afrontar de mejor manera los desafíos venideros, sino para defender la soberanía nacional.   

Haciendo referencia a los dichos de Juan Francisco Sanz Díaz, jefe del Sistema de Mando y Control del Ejército del Aire de España, una operación militar es imposible sin el espacio. La dependencia creciente de la defensa y seguridad al mismo hace necesario garantizar su acceso, ya que los activos espaciales son considerados estratégicos en términos de soberanía. En rigor, el diseño del planeamiento y la conducción de las actividades militares están condenados a la esterilidad si no explotan las capacidades que proporcionan los datos espaciales. Los satélites de comunicación son indispensables para establecer estructuras de mando y control en cualquier nivel de dichas actividades. Incluso, la meteorología espacial  y su monitoreo tienen un impacto importantísimo en el funcionamiento de los propios satélites, afectando eventualmente infraestructuras críticas, como las redes de distribución de electricidad, comunicaciones y otros sistemas terrestres.  

Consecuentemente, las operaciones de seguimiento y vigilancia de los espacios de soberanía están estrechamente vinculadas con la tecnología espacial y los datos satelitales obtenidos a través de ella. La creación de redes de sensores podría constituir un radar de vigilancia y seguimiento de, por ejemplo, las fronteras, espacios calientes y zonas despobladas de los Estados de la región, sus costas, sus fondos marinos y los recursos estratégicos tanto nacionales como hemisféricos. Más aún, saber cómo afectan las tormentas solares a los satélites o a las estaciones terrestres es clave, pues podrían interferir en las capacidades militares, ergo, de defensa y seguridad nacional. Cuanto mejores y mayores sean los datos que se obtengan del espacio exterior, mejores diagnósticos sobre el futuro se podrán realizar.

En una región como América Latina, donde la paz e integración peligran, urge la necesidad de encontrar polos que permitan a sus países fortalecer el desarrollo y preservar la seguridad regional. La promoción de capacidades en el ámbito espacial es un pilar significativo para la construcción de puentes de cooperación entre los Estados de América Latina. Ciertamente, los beneficios que ofrecen la exploración y explotación del espacio exterior se traducen en todos los ámbitos de la vida de las sociedades. Siguiendo los supuestos del brasilero Helio Jaguaribe, el grado de progreso de la política científico-tecnológica (por lo tanto espacial) nacional determina la capacidad de desarrollo y supervivencia de carácter autónomo y endógeno que puede alcanzar una nación. Una política espacial latinoamericana se traduciría en mayor seguridad y paz internacional, no solo por auspiciar la cooperación y coordinación, sino porque supone la contracción de las vulnerabilidades internas y externas de los países. 

De hecho, en el marco de la Semana Mundial del Espacio de las Naciones Unidas, los gobiernos de México y Argentina firmaron el 9 de octubre un acuerdo sobre la creación de la Agencia Latinoamericana y del Caribe del Espacio (ALCE). La Declaración para la Constitución de un Mecanismo Regional de Cooperación en el Ámbito Espacial tiene como objeto el desarrollo conjunto de tecnologías para la exploración de la industria aeroespacial, entendiendo a la misma como un sector estratégico para las naciones latinoamericanas. Diego Hurtado, Secretario de Planeamiento y Políticas del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Argentina, explicó que “una agencia espacial sería el primer ejemplo en el cual América Latina demostraría que también es capaz de llevar adelante un proceso de integración regional desde la dimensión tecnológica, donde nuestros países puedan aprovechar y transmitir sus complementariedades”. Extender las capacidades militares hacia el espacio con fines pacíficos y de desarrollo requiere una estrategia conjunta que incluya políticas tecnológicas diferenciadas y de alto valor agregado. Todo esto sin la necesidad de introducirse en el juego de la carrera armamentística espacial que vaticina la dinámica internacional.

Entonces, la militarización del espacio y la tecnología espacial constituyen un aspecto central a la hora de diseñar los roles del aparato militar y la función estratégica de la política de defensa de los Estados en general, y latinoamericanos en particular. Si no se  reconocen los sobrevuelos que pueden realizar los satélites extranjeros sobre sus áreas de interés o su territorio nacional; o si no se explota la calidad de la señal que proporcionan los sistemas de posicionamiento o navegación, ¿cómo pretenden los países latinoamericanos defender su soberanía nacional? América Latina debe emprender un camino auténtico y sincero, demostrando, una vez más, que los patrones pueden romperse. ¿Será que la militarización del espacio ultraterrestre construye mayores elementos de cooperación que de conflicto en las manos adecuadas?

Sofía Vega

Sofía Vega Buono tiene 22 años, es estudiante avanzada de la Licenciatura en Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional de Lanús, Buenos Aires, Argentina. En el año 2019 ingresó al Grupo de Jóvenes Investigadores del Instituto de RRII de la Universidad Nacional de La Plata. Asimismo, en el 2020 trabajó en el Programa de Voluntariado del Consejo Argentino para las RRII (CARI).

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