La autopista de la muerte y el final de la Guerra del Golfo Pérsico

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Un episodio casi olvidado

“La autopista de la muerte” es la denominación que adquirió la Autopista 80, vía que conecta la capital del emirato de Kuwait con la ciudad de Basora, la segunda ciudad más importante de Irak. Allí tuvo lugar uno de los crímenes de guerra más atroces perpetrados por el ejército estadounidense en la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, la cual dejó un total de 210.000 muertos

Se trató de un suceso que tuvo una cobertura periodística singular, debido principalmente al diseño de una política comunicativa por parte del gobierno estadounidense, liderado por el entonces presidente George H. W. Bush. Dicha política estuvo orientada al control de la información y a limitar la cobertura periodística sobre lo que ocurría en el conflicto.

La guerra y el petróleo

En agosto de 1990, las tropas iraquíes, lideradas por el dictador Saddan Hussein, invadieron Kuwait con la finalidad de tomar posesión de una de las reservas de petróleo más grandes del mundo y controlar la oferta del mismo. Esto se debía a que Irak había contraído en la década anterior una deuda de más de 80.000 millones de dólares a raíz del fracaso en la guerra contra Irán

De este modo, Hussein tenía como propósito reducir dicha carga financiera y para ello era necesario contar con el petróleo de Kuwait. Aquellos yacimientos le permitirían disminuir la producción de petróleo y así forzar el alza del precio mundial, con la finalidad de obtener mayores ganancias y hacer frente a la deuda.

Gracias a la venta de casi dos millones de barriles diarios de petróleo y su obstinación por convertir a Irak en potencia regional, Husseín consiguió desarrollar el poderío militar más significativo del Golfo Pérsico. Pero, hacerse de las reservas de petróleo de Kuwait hubiese significado acaparar una reserva de más de 97.025,0 millones de barriles de crudo; a saber, habría conseguido una hegemonía total entre los países de la OPEP y, sobre todo, la capacidad de influir en el mercado mundial: precios y abastecimiento. 

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Fuente: Landkarten index

A su vez, se presentaba el peligro de que Irak incrementara su poderío bélico y estuviese en condiciones de desarrollar armas nucleares. Esta situación coaccionaba la seguridad de Israel, Egipto, Qatar, Bahréin y Arabia Saudita, aliados estratégicos de Estados Unidos. Entonces, Irak se asomaba como una amenaza al nuevo orden mundial liderado por los Estados Unidos post Guerra Fría. 

Ciertamente, el islamismo anticapitalista, antisemitista y antioccidental de la política iraquí configuraba un nuevo espacio de ambiciones y tensiones políticas. Debido a esto, Estados Unidos se vio obligado a intervenir militarmente en el conflicto y así preservar sus intereses económicos en aquella región, pues el 21% de sus importaciones de petróleo provenían del golfo pérsico. 

La tragedia de la autopista

Entre enero y febrero de 1991, las tropas estadounidenses y la coalición de la ONU, con casi medio millón de soldados, ejecutaron una serie bombardeos aéreos y ataques terrestres a los principales centros militares y civiles iraquíes. El uso de armas inteligentes, la destrucción de las vías de comunicación y el desabastecimiento inmediato de alimentos provocó una rápida victoria de la coalición occidental

Se trató casi de una guerra relámpago. No obstante, durante los últimos días del conflicto, ocurrió lo que se consideró una verdadera carnicería de guerra: la masacre de la autopista 80.

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Fuente: E. Adams/ Corbis/ Sygma

Ya en la mañana del 26 de febrero, Saddam Hussein había anunciado la retirada de sus tropas de Kuwait. La guerra estaba casi terminada y la rendición por parte de las fuerzas iraquíes resultaba inminente. 

Esa misma tarde, personal militar y civil iraquí (incluidos mujeres y niños) que se encontraban en la ciudad kuwaití de Al Jahra emprendieron la retirada por la autopista 80 rumbo a Basora. Eran 150 kilómetros los que habría de recorrer un convoy de más de dos mil vehículos militares, buses civiles, tanques, automóviles, blindados y camiones. 

En la retirada, los vehículos iban con banderas blancas izadas en lo alto y con los cañones invertidos y asegurados. Los soldados iraquíes yacían desarmados y sentados sobre los vehículos a la intemperie. Eran claras muestras de rendición de acuerdo a las normas internacionales. Sin embargo, por la noche, el convoy fue atacado sorpresivamente. Una misión de aviones estadounidenses, enviados desde el portaviones USS Ranger y dirigidos por el general Barry McCaffrey, bombardearon y aniquilaron a toda la columna de 70 kilómetros de vehículos en el transcurso de dos horas.

Tiempo después se supo que todo había estado planificado. Las tropas norteamericanas, al mando del general Herbert Norman Schwarzkopf, habían permitido la retirada de las tropas iraquíes de Al Jahra, pero contaban con un territorio minado a 50 kilómetros de Basora, generando un atolladero en la autopista 80. Los vehículos se vieron imposibilitados de dejar la autopista por los flacos, puesto que esta se hallaba rodeada por el desierto. Bastaron ocho aviones para destruir el convoy con pronta celeridad.

Nunca fue esclarecido si efectivamente el presidente de los Estados Unidos, George H. W. Bush, ordenó la masacre después del alto al fuego a la guerra. Incluso horas antes había garantizado un retiro seguro. No obstante, el general Schwarzkopf ya había enfatizado en su intención de que “nada ni nadie salga de Kuwait”.

Este acontecimiento constituyó un crimen de guerra, debido a que se violaron varias disposiciones del derecho internacional humanitario del Convenio de Ginebra, que regulan las formas en las que se desenvuelven los conflictos armados y cómo mitigar sus efectos. El desenlace de la autopista 80 significó un atentado contra la preservación y protección a los heridos y enfermos de las fuerzas armadas y  el trato humanitario a todo aquel que no participe en las hostilidades.

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Fuente: gettyimages

Estados Unidos y el control de la información

Esta matanza fue ignorada por los grandes medios corporativos. Se abordó el acontecimiento como un breve y pequeño enfrentamiento que no presentó bajas para el ejército estadounidense. Gran parte del mundo occidental desconoció la particularidad de los hechos y esto se debió, principalmente, al control que los Estados Unidos ejerció sobre la cobertura mediática

De este modo, se inauguró un nuevo método de abordar y de gestar la guerra: la dosificación y la selección de la información para forjar un aura de legitimidad hacia el resto del mundo. Una guerra relámpago y el uso de imágenes que no expresen la crudeza de la misma evitarían un desgaste en la opinión pública mundial. 

En Washington no estaban dispuestos a sufrir el fracaso mediático, y luego político, que implicó la guerra de Vietnam durante casi dos décadas. En ese entonces, los medios de comunicación norteamericanos empezaron a difundir las duras imágenes de la guerra y las violaciones a los derechos humanos perpetradas por parte de los propios soldados estadounidenses. Esto generó un rechazo total en la población nacional y contribuyó al fin de aquel conflicto. 

Aprendiendo de sus lecciones, en esta ocasión, los periodistas estaban imposibilitados de ingresar a los frentes de ataque y a las operaciones. Unicamente podían captar imágenes de bombardeos lejanos desde los hoteles de Bagdad, los cuales siempre tuvieron resguardo militar estadounidense.

Muchas de las imágenes transmitidas vía satélite eran provistas por el mismo personal militar.  Periodistas de importantes medios como El País, El Mundo y CNN denunciaron la falta de imágenes fidedignas y de datos. Asimismo, en muchas retransmisiones apenas se podía distinguir material bélico protegido por una extraña ráfaga de luces verdes que acaparaban las pantallas. Fue una guerra diseñada para la televisión en la cual se controló el flujo de imágenes e información. Esto explica la escasa difusión de la tragedia de la autopista 80.  

El control sobre la prensa constituyó un factor importante para sostener el gran mensaje de la invasión: Estados Unidos como el país defensor de la democracia y la institucionalidad mundial, en lugar de poner de manifiesto la defensa real de sus intereses económicos y geopolíticos en Oriente Medio. A pesar del control, algunos periodistas independientes, como Ken Jarecke, lograron captar imágenes aterradoras.

Portada: AP Photo/John Gaps, File

Rodrigo R Jordan

Rodrigo Rojas Jordan tiene 28 años, es comunicador social y periodista por la Universidad de Lima, Perú. Es profesor asistente en el área de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad de Ingeniería y Tecnología (UTEC). Dicta los cursos de Comunicación e Historia del Perú del Siglo XX. Ha trabajado en la Biblioteca del Banco Central de Reserva del Perú y también ha formado parte de la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea Perú 2020.

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