Autoritarismo millennial: erosión democrática en El Salvador

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No hay que confundirse con la joven edad de Nayib Bukele, su moderno estilo de vestir y su uso de las nuevas tecnologías como las redes sociales y las criptomonedas, ya que te harían pensar que no es tu típico presidente centroamericano. Cuando observamos más de cerca el comportamiento de Bukele en los últimos años como presidente de El Salvador, podemos ver un patrón que se asemeja al clásico estilo de gobierno del caudillismo latinoamericano. Uno basado en un fuerte líder personalista que ejerce un firme control militar y político de las instituciones del país.

Después de dos años en el poder, Nayib Bukele ha pasado de ser un joven político prometedor a un aclamado presidente al estilo “Showman”, criticado por Human Rights Watch y la Organización de los Estados Americanos debido a preocupaciones de erosión democrática y de llevar al país a lo que podemos llamar “Autoritarismo a lo Millennial”.

Nayib Bukele llegó al poder en 2019 sobre una plataforma que ha tenido bastante éxito en un puñado de elecciones en la última década: el populismo antisistema. Se benefició del descontento general y la desaprobación de los dos principales partidos que han estado alternando el poder desde la década de 1990, Arena y FMLN

Según una encuesta nacional, un 78% de los salvadoreños dijo que estos dos partidos ya no los representaban verdaderamente. Asimismo, menos del 10% de los encuestados pensaba que la situación en El Salvador estaba mejorando y alrededor del 60% mencionó que ya no creía en el sistema electoral, debido a que “las cosas en el país nunca cambiarían”. La respuesta más sorprendente de esta encuesta fue que casi la mitad de los encuestados rechazaron la declaración que decía que la democracia es el sistema de gobierno más preferible.

El descontento público generalizado de El Salvador, sumado al tradicional sistema bipartidista, le dio a Nayib Bukele la apertura perfecta para su retórica antisistema. De esta forma, terminó ganando las elecciones de 2019 con un 53% del total de los votos. Fue el primer presidente en venir de un partido diferente a los que gobiernan el país desde hace décadas. 

Un par de años más tarde su poder se consolidó verdaderamente cuando su partido, «Nuevas Ideas», ganó las elecciones del país por un gran margen. Con un 66,5% de los votos y 56 de los 84 escaños de la legislatura, nunca en la historia democrática del país un solo hombre tuvo tanto poder concentrado en sus manos.

El “caudillismo” es un sistema de poder basado en el liderazgo y la lealtad a un “hombre fuerte”, generalmente respaldado por militares. Este estilo de liderazgo ha sido común en América Latina a lo largo de su historia. Sin embargo, Bukele ha actualizado el término para adaptar mejor la definición del siglo XIX a aquella de la era digital híper globalizada.

El socavamiento continuo de las instituciones democráticas salvadoreñas también incluye la erosión del sistema de controles y balances entre el legislativo, el judicial y el ejecutivo. No obstante, una parte significativa de la población apoya su accionar. Según una serie de encuestas de CID Gallup, la tasa de aprobación de Bukele se sitúa en un impresionante 84% en promedio en los últimos dos años.

Claves del triunfo de Bukele

Lo que hizo tan atractiva y exitosa la candidatura de Bukele fue una mezcla de retórica populista, personalidad fuerte y amplio uso de modernas estrategias de comunicación que en su conjunto pueden definirse como “autoritarismo millennial”. Esta estrategia le permite a Bukele formar un movimiento político masivo y diverso a través del uso de una marca personal, fresca y moderna; nuevas tecnologías como una forma de comunicarse directamente con los votantes y una mezcla de populismo y autoritarismo clásico. 

No es el primer político salvadoreño que practica dichas “poco democráticas” conductas, que se beneficia del amplio uso de las redes sociales como su principal plataforma de comunicación y que utiliza llamamientos populistas para mover a las masas. Lo que realmente diferencia al fenómeno de Bukele de cualquier otro en el país y la región es la integración de estas tres estrategias políticas en un movimiento político más amplio, efectivo y consolidado.

La “marca Bukele” le ha permitido mostrarse más accesible y cercano a la población promedio de El Salvador. Esa apariencia de pertenecer a las masas enfurecidas y no a la élite política lo ayudó a movilizar a una gran parte del electorado que tradicionalmente no ha estado involucrado en política. También se calcularon sus preferencias de ropa para diferenciarse del atuendo tradicional de las élites políticas que han gobernado el país desde el final de la Guerra Civil. Bukele creó una imagen de “rebelde idealista” que llamó la atención de la juventud del país, pero especialmente de todos aquellos cansados ​​de la corrupción de los partidos tradicionales.

Su carisma y personalidad también son elementos a tener en cuenta a la hora de analizar la estrategia de comunicación política. Se comporta con mucha confianza en sí mismo, presentando un carácter egocéntrico y provocativo. De hecho, cambió la descripción de su cuenta de Twitter a «el dictador más genial del mundo» después de que lo llamaran así en las noticias. 

En el mismo sentido, a través de sus cuentas de redes sociales comparte memes, habla de videojuegos, de deportes y de cualquier otra actividad del día a día. Utiliza las redes sociales como su principal método para dirigirse a la población, lo que lo ayuda a comunicarse directamente con sus votantes y le facilita controlar la narrativa del país y dar forma al debate político. Ya sea que la difusión de la campaña en línea de Bukele haya sido el resultado de un apoyo real a su mensaje o la consecuencia del uso de bots para replicar al máximo su contenido, el efecto ha sido el esperado por su movimiento.

Otro elemento que distingue la política de Bukele es su uso de apelaciones populistas. El presidente movilizó a las masas construyendo una frontera sociopolítica que ha dividido a la sociedad salvadoreña en dos bandos: de un lado están las fuerzas tradicionales del poder, asociadas a los dos partidos principales, y del otro todos los demás. Se presenta como el vocero de todos aquellos a los que el duopolio de poder de las últimas décadas no ha beneficiado, prometiendo desviar la atención hacia ellos. 

Así, intenta vender la idea de que está en una “misión histórica” para llevar el poder político del país desde las élites tradicionales hacia las masas. Retórica antisistema; satanización de críticos y miembros de la oposición; total desprecio por las instituciones del país; todo ello fomenta la desconfianza en el sistema democrático de El Salvador.

Por su parte, convirtiendo a Bitcoin en una moneda de curso legal en la economía del país, ahora también pone el enfoque en las criptomonedas. Desde un punto de vista financiero, esto parece carecer de sentido dado que El Salvador es un país donde aproximadamente un 70% de la población no tiene acceso a cuentas bancarias y solo la mitad posee conexión constante a internet. Sin embargo, si lo consideramos desde un punto de vista de comunicación política e imagen, cambia el cariz de ello. Las criptomonedas, “cool” y populares para su público, son otro elemento de su persona moderna y progresista, alineadas con su política económica “maximalista liberalista económica”. 

Un ejemplo del comportamiento autoritario clásico de Bukele es cuando ingresó a las cámaras legislativas del país en el año 2020. Acompañado de unidades militares fuertemente armadas y policías, buscó presionar a la cámara controlada por la oposición para que aprobara un proyecto de préstamo para su agenda de seguridad. Esto le ha granjeado acusaciones de llevar a cabo un «intento de golpe de Estado», e incluso algunos han calificado esta acción como el momento en el que la democracia del país se ha visto más amenazada. Hasta ese momento, Bukele se había apoyado en su popularidad para perseguir sus objetivos políticos, pero esta vez recurrió directamente a la intimidación y la amenaza de violencia.

El uso del Autoritarismo Millennial lo ha ayudado a tener un fuerte control del poder y adquirir un importante índice de aprobación popular. Mientras el presidente salvadoreño continúa erosionando el contralor a su propio poder y amenaza los derechos civiles y políticos de la población, su popularidad continúa creciendo. Así, este giro autoritario plantea la pregunta de por qué un porcentaje considerablemente grande de la población lo apoya en detrimento de sus propias libertades. ¿La incertidumbre y las décadas de apatía política han dejado una preferencia por la certeza que acarrea un “strongman” como Bukele?

Fabio Almada

Fabio estudia una maestría en Economía Política Internacional en la Escuela de Estudios Internacionales de Bruselas de la Universidad de Kent y se graduó en la URJC. Con experiencia internacional en Argentina, Bélgica, Canadá, Francia, México, España y Perú en organizaciones como la OCDE, la OEA y Cámaras de Comercio. Sus principales intereses son la política digital, la economía del desarrollo y la política económica internacional.

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