Bielorrusia y el pecado de la política exterior multivectorial

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Bielorrusia es un país de Europa del Este que formaba parte de la Unión Soviética, pero tras su colapso los destinos de Moscú y Minsk se separaron. El país cuenta con una economía estatizada,  la última planificada de Europa, y desde las primeras y únicas elecciones celebradas democráticamente, en 1994, tiene el mismo presidente, Aleksandr Lukashenko.

Tradicionalmente, Bielorrusia ha mantenido fuertes vínculos con Rusia tanto por su dependencia energética, ya que el Kremlin le vende gas y petróleo a un precio menor que el de mercado, como por su dependencia económica, siendo Moscú su principal socio comercial, además de poseer fuertes lazos culturales y lingüísticos y afinidad entre sus mandatarios: Vladimir Putin y Lukashenko. Por otro lado, ambas naciones fueron miembros fundadores de la Comunidad de Estados Independientes, y en lo militar  pertenecen a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva.

 En 1999, Boris Yeltsin y Lukashenko firmaron el Estado de la Unión, que es una entidad supranacional que tiene como objetivo unir a Rusia y Bielorrusia en una confederación. Pese a que  este proyecto no ha avanzado por dos décadas, esto se revirtió  en el 2021. 

Comienzos de la política exterior multivectorial

La fiel política exterior de Bielorrusia al Kremlin cambió en 2014, año en el que Rusia anexó la Península de Crimea. A partir de este hecho, Lukashenko decidió apostar por diversificar sus vínculos, apostar por una política exterior pragmática y multivectorial, que consistía en, sin abandonar a Rusia por completo, revitalizar sus lazos con Occidente.

Siguiendo esta línea, Bielorrusia no reconoció de iure la anexión de Crimea. Además, en el 2014 y 2015, prestó su capital como sede para los diálogos, a efectos de lograr un alto al fuego en el Donbás, en los cuales se acordaron los Protocolos de Minsk I y II respectivamente. A partir de ello, se observa que los líderes europeos que participaron de los Protocolos de Minsk establecieron un contacto directo con Lukashenko, quien pasó de ser el “último dictador de Europa” a ser reconocido como un mandatario más pragmático, realista, pero por sobre todo más confiable que su homólogo ruso. 

Durante este período, el gobierno bielorruso prometió una actitud más relajada hacia las protestas, optando por el diálogo frente a las demandas de la ciudadanía. En muestras de buena voluntad, aceptó el Plan Nacional de Acción para los Derechos Humanos, así como también se concretó un foro de diálogo político de altos cargos públicos en 2016, el Grupo de Coordinación UE-Bielorrusia. A causa de esto, la Unión Europea suspendió todas las sanciones al régimen.

Sin embargo, durante el 2017,  el declive de las relaciones entre Bielorrusia y la UE coincide con el deterioro de las relaciones entre Minsk y Moscú. Por un lado, frente a las manifestaciones en Minsk ese mismo año, Lukashenko respondió con una feroz represión, obteniendo sanciones por parte de Bruselas. 

Mientras que, por su parte, Putin decidió dejar de tolerar la política exterior multivectorial bielorrusa mediante la cual confrontaba constantemente el papel ruso en la política internacional. Desde entonces hasta el 2019, el presidente ruso amenazó con quitar las ventajas a los precios de la energía que consume Bielorrusia, prometiendo devolverlos a cambio de una mayor integración entre ambas naciones en el marco del Estado de la Unión. Sin embargo, Lukashenko rechazó todas estas extorsiones.

El principio del fin de la política exterior multivectorial

La política exterior multivectorial de Bielorrusia culmina con dos hechos. En primer lugar, con las elecciones del 2020, en las cuales Lukashenko tenía tres opositores serios con posibilidades de quitarle la presidencia, además de estar atravesadas por la pandemia de Covid-19. No obstante, dos de estos fueron apresados y otro consiguió huir a Rusia. Debido a esto, tres mujeres, relacionadas con los candidatos, decidieron tomar las riendas de la oposición. 

La elegida de las tres para liderar la oposición fue Svetlana Tikhanovskaya, esposa del opositor Sergei Tijanovsky. La detención de los opositores desató feroces protestas en todo el país que Lukashenko reprimió contundentemente. Finalmente, Lukashenko se impuso con un 80% de los votos en unas elecciones sin observadores internacionales y con un corte de Internet de por medio. Ello intensificó aún más las protestas y la represión del régimen, dando como resultado muertos y miles de detenidos. Esto llevó a Occidente a imponer sanciones nuevamente. 

El otro hecho que finiquitó las relaciones entre Occidente y Bielorrusia fue el secuestro de un avión comercial de la aerolínea Ryanair en mayo de 2021. El objetivo era detener a un periodista que organizaba las protestas de 2020 desde el exilio, Roman Protasevich. Este hecho fue la gota que rebalsó el vaso; Occidente impuso más sanciones e incluso llegó a prohibir a las aerolíneas comerciales cruzar por el espacio aéreo bielorruso. A partir de aquí, Minsk quedó aislado internacionalmente y sólo le quedó una posibilidad: subordinarse a Putin si no quería ver su régimen caer.

Desde que Occidente cortó sus vínculos con Minsk en 2020, se dieron tres cumbres en Rusia, entre Putin y Lukashenko. Durante esta serie de cumbres, Putin apoyó a Lukashenko en todas las acciones que Occidente sancionó, por ejemplo, lo felicitó por su reelección y lo respaldó en el caso del secuestro del avión y a su opositor, Protasevich. Igualmente, le brindó ayuda económica y vacunas para hacer frente a la pandemia de Covid-19. 

Por otro lado, se enfatizó en la cooperación en materia de seguridad y se afianzaron compromisos como países miembros de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, marcando como una amenaza a la OTAN. Por último, se hizo hincapié en todas las reuniones sobre los pasos a seguir para integrar ambas naciones en el marco del Estado de la Unión, que finalmente, después de dos décadas, se concretó con la firma de un acuerdo para implementar la integración. En este acuerdo se estipula la unificación de mercados del gas, petróleo y electricidad, integración económica, y monetaria hasta una política industrial y agrícola común.

En definitiva, este avance en el Estado de la Unión evidencia que los requisitos para alcanzarlo  son meramente políticos, y que su estancamiento respondía a que las condiciones aún no estaban dadas. El retroceso de la UE en su relación con Bielorrusia creó una situación idónea para que el Kremlin subordine a Minsk, ilustrado en el avance del proyecto confederativo. 

A su vez, ello significa un gran avance de la influencia rusa en el continente europeo, ilustrando la actual tensión en la frontera entre Bielorrusia y Polonia, donde miles de migrantes intentan entrar en la UE con el objetivo de desestabilizar la zona, generar divisiones dentro de la UE y para tener el pretexto en vistas de traer tropas rusas para salvaguardar Bielorrusia.

Portada: Ts.fi

Francisco Muratore

Francisco Muratore tiene 24 años, es estudiante avanzado de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. En la actualidad forma parte del Grupo de Estudios sobre la Unión Europea y del Grupo de Estudio sobre Rusia de Rosario, ambos de la UNR en los cuales investiga sobre acontecimientos en las áreas en cuestión.

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