La cultura de la cancelación: ¿de las redes a la práctica?

Tiempo de lectura:10 minutos

Dentro del amplio léxico propio de las redes sociales, una de las palabras más frecuentes es “cancelado”. Desde “estas cancelado” hasta “si hago X cosa me van a cancelar”, hablar de la cancelación se ha vuelto moneda corriente en la esfera digital, aunque muchos aún no tengan claro a qué se hace referencia cuando se habla de cancelar a alguien o algo. Todo esto se engloba en el fenómeno de la cultura de la cancelación, un acto donde se silencian voces que difieren de las normas que hacen a distintas comunidades online. Nos preguntamos entonces: ¿por qué lo hacemos? ¿A quiénes cancelamos? Intentaremos dar respuestas a algunas de estas preguntas que casi automáticamente surgen cuando observamos este término tan popularizado.  

¿Qué significa “cancelar” o ser “cancelado”? Para Velasco, la acción de cancelar a alguien se trata de un acto de borrar o remover la figura de esa persona por sus expresiones y/o manifestaciones políticas, artísticas, o de cualquier índole, las cuales en un pasado sí eran aceptadas o bien vistas, pero hoy en día ya no. Se considera una táctica de “eliminar” a alguien del discurso público, ya sea quitando a esa persona de una plataforma (digital), “linchándola” públicamente, o demandando que sean expulsada de ciertos ámbitos o espacios.

Este autor sostiene que aquellos que han sido cancelados han cruzado las líneas que delimitan la aceptación social en las redes, la cual se basa en normas ambiguas, sin una institución que las defina o reglamente. Por ende, una persona no es “cancelada” si infringe tal o cual norma, sino que la cancelación es una cuestión difusa, que depende del grupo social en el que se da, y se ajusta únicamente a estándares sociales que maneja esa comunidad virtual. 

Como marcamos anteriormente, la cultura de la cancelación, o la cancelación directamente, es propia de la esfera digital. No podemos pensar la web sin sus grupos sociales o ciberculturas propias, creadas y forjadas exclusivamente en el plano virtual, que se agrupan por intereses y objetivos propios. En esta línea, Velasco sostiene que “la acción de cancelar a alguien es una de las acciones colectivas espontáneas iniciadas por los usuarios de las redes sociales”, aunque advierte que estas prácticas pueden tener ramificaciones que escapen del entorno virtual. 

Existen otras visiones y abordajes en torno al fenómeno de la cancelación, como el de Lim: “cancelar a alguien es, en el fondo, una jugada por el poder: ese poder en disputa puede ser arrebatado de instituciones, autoridades formales, o simplemente de la opinión popular”. En otra línea, Bromwich habla de la cancelación como un “boicot cultural” a quienes sostienen posturas opuestas a la norma imperante en determinadas comunidades. 

La cancelación como tal surge en las redes sociales, alrededor del año 2010 en Twitter, pero está hermanada al rechazo o reprobación de voces tanto disidentes, como internas de un grupo social, algo que desde el inicio de los tiempos sucede en las comunidades humanas. Por ende, podemos decir que cancelar es justamente el correlato digital de esta milenaria conducta. 

Las redes sociales tienen un poder de difusión y viralización enorme, que permite que la acción de cancelar llegue a miles de usuarios en cuestión de segundos, y estos lo reproduzcan o vuelquen sobre él sus opiniones de manera casi simultánea. Las principales figuras canceladas son celebridades, de cualquiera sea su ámbito, las cuales son rechazadas a través de hashtags en repudio o difundiendo contenido multimedia donde se explicita el porqué de la cancelación. 

Justamente la cancelación apunta a repudiar acciones o discursos enunciados por celebridades. Desde los comienzos de la llamada “web 2.0”, donde los usuarios comenzaron a formar comunidades en Internet, los grupos de fans (“fandoms”) han hecho del espacio digital su punto de encuentro e interacción, y es precisamente allí donde muestran su rechazo y realizan sus cancelaciones a celebridades o figuras públicas en general. Pero la práctica se ha extendido a ámbitos de carácter más local o personal: se cancela a políticos, a figuras famosas de Internet (youtubers, twitteros), cuyo alcance es muchas veces menor que el stardom hollywoodense, e inclusive a personas que integran grupos de usuarios formados en las redes. 

Ahora bien, cabe preguntarse: ¿es realmente efectiva la cancelación como herramienta de repudio en la esfera digital? El portal estadounidense Vox sostiene que ha habido celebridades efectivamente canceladas “en el sentido de que sus acciones han tenido consecuencias significativas, como pérdida de sus trabajos o declive en sus reputaciones”, incluso en casos llegando a perder sus trabajos. Sin embargo, argumenta que en dichos casos al repudio online se le han sumado acusaciones legales a estas figuras, como en los casos del productor Harvey Weinstein o el actor Bill Cosby. Por ende, las cancelaciones que se dan cuando se infringen los códigos culturales de ciertas comunidades virtuales de aficionados no escalan o tienen consecuencias mayores para el o la cancelada. 

La cancelación en el espectro político

Las visiones en cuanto al lugar donde se situaría la cultura de la cancelación en el espectro político son variadas. Hay autores, como Burgos y Hernández Díaz , que plantean la cancelación en términos de clase: cancelar es una forma de apagar o derribar voces privilegiadas, que históricamente han dirigido y establecido los discursos oficiales o estandarizados. De esta manera, al cancelar los discursos o las voces hegemónicas, se les da voz a las minorías cuyos discursos han sido históricamente apartados u oprimidos. 

Además, la cancelación puede ser abordada desde la teoría liberal, la cual la percibe como un fenómeno en las antípodas del pensamiento y el accionar propios del liberalismo. En otras palabras, es su antítesis. Se enmarca a la cancelación como una forma de intolerancia hacia visiones opuestas a lo que un grupo o comunidad sostienen. 

En una carta publicada en julio del año pasado en la revista Harper’s, firmada por más de 50 figuras públicas del campo de la cultura y la academia, se declara que “la censura también se está expandiendo en nuestra cultura [en referencia al ámbito artístico mainstream de Estados Unidos y Reino Unido]: una intolerancia hacia las posturas opuestas, una moda de linchamientos públicos y ostracismo, y la tendencia a disolver problemas coyunturales complejos en una certeza moral cegadora”. Los firmantes expresan su preocupación por la notoria frecuencia que estos actos de censura, enmarcados en el fenómeno de la cancelación están adquiriendo, y agregan que “cualquiera sean los argumentos alrededor de cada incidente particular, el resultado ha sido que constantemente se están estrechando los límites de lo que puede ser dicho sin la amenaza de represalias”. 

Por otro lado, Burgos y Hernández Díaz ahondan en los tintes autoritarios que este fenómeno puede llegar a adquirir. Para estos autores, la cancelación persigue dos fines: la búsqueda de venganza por encima de la verdad, y la negación del otro. También sostienen que existe una línea muy fina que divide el uso de las redes sociales como herramienta de denuncia de problemáticas contextuales y/o búsqueda de justicia social, y la cancelación como un acto de censura con una carga autoritaria y violenta muy grande, “centrado en el castigo y vigilancia”. 

La cancelación en la política

Si bien la cultura de la cancelación adquirió popularidad al conocerse los casos de celebridades del espectáculo que fueron canceladas, este fenómeno no se remite únicamente a las alfombras rojas, y la política tampoco es ajena al mismo. Una vez más, estas acciones se concentran en el ámbito digital  y, con una presencia cada vez mayor de los políticos en las redes sociales, también aumentan los casos de figuras políticas que son tachadas de “cancelados” o “canceladas”. 

Cabe preguntarse bajo qué razones un político es cancelado, para lo cual deben hacerse algunas puntualizaciones. Por un lado, toda cancelación es ideológica, incluyendo aquellas que escapan de la esfera política, porque, como se mencionó anteriormente, se cancela en base al inclumplimiento de normas y estándares sociales y morales de una comunidad puntual. También se tiene que tener en cuenta que cuando se habla de “cancelar” no es lo mismo que el rechazo que una figura política genera en la opinión pública, sino que es un repudio que se expresa propiamente en las redes sociales. 

Entonces, más allá de que las cancelaciones son acciones puramente ideológicas, los políticos son cancelados, entre varias razones, por su ideología en casos donde esta choca o se contradice con la de ciertas comunidades digitales. La actividad en redes también puede derivar en la cancelación de una figura política, ya sea por publicaciones que indica que le gustan, que comparte, o por comentarios que hace. Todo esto está visible y al alcance de un par de clicks, y contribuye a la imagen y/o el perfil que estas personalidades construyen en las redes. 

Esto presenta un reto para la comunicación política, no para el futuro, sino en el presente. Con un número creciente de cuadros políticos extendiendo su discurso (y en algunos casos construyéndolo) desde las redes sociales, la cancelación puede suceder en cualquier momento, y puede llegar a condicionar la imagen que en esa red se tenga del político. Surge entonces la tensión clásica de este campo de estudios en cuanto a adoptar una posición con tintes del marketing, buscando crear un perfil que aglutine adeptos, o mantener una posición ideológica firme más allá de lo que se opine en las redes sociales. 

Conclusiones: ¿de la virtualidad a la praxis?

De lo visto anteriormente, la primera conclusión que extraemos es que la cancelación como fenómeno es indisociable del plano digital, ya sea por su origen o por la popularización de las prácticas en las esferas digitales. Muchos académicos coinciden que Twitter, por aglutinar una gran cantidad de público y por los altos niveles de difusión de contenidos que tiene, es la red social donde mayoritariamente se llevan a cabo las “cancelaciones”. 

Ahora bien, ¿están dadas las condiciones para que la cultura de la cancelación de el salto de la esfera digital a las prácticas “cotidianas”? Primero vale aclarar que si bien el uso de las redes sociales es claramente parte de nuestra cotidianidad como humanos del siglo XXI, cuando nos referimos a algo “cotidiano” referenciamos a las escenas de nuestra vida que ocurren por fuera del ámbito digital, es decir, en el cara a cara. 

Se ha demostrado previamente que la cancelación tiene como principal objetivo el repudio a celebridades. Muchas de las acciones llevadas a cabo a la hora de cancelar, ya sea expresar cuánto nos enfurece tal o cual hecho o actitud de la persona, o no consumir sus contenidos tiene distintos correlatos con nuestra realidad extra-digital. Por ejemplo, es fácil no consumir contenidos (música, películas, series) de una persona que ha sido cancelada, pero no tenemos necesidad alguna de expresarlo, salvo en ocasiones puntuales donde aparezca como tema de conversación, de forma continua como si lo hacemos en la red. 

Además, se trata de una tarea mucho más ardua en términos de consistencia, ya que por los algoritmos en los que están configurados las redes sociales es más fácil evitar ver ciertos contenidos o personas, que en nuestro día a día nos podemos topar en la televisión, la radio, o hasta conversaciones mundanas. También vale mencionar que muchas veces en las redes sociales interactuamos en base únicamente a intereses o gustos en temas artísticos, musicales, literarios, o deportivos, que en la cotidianidad no lo hacemos, lo que muestra una distinta intensidad en la aparición de las figuras canceladas en las conversaciones que llevemos a cabo en uno y otro ámbito. 

Surgen una serie de preguntas en cuanto a la cultura de la cancelación. ¿Cómo evitaría una persona el ser cancelada? Los parámetros para cancelar a una persona no son claros, sino que más bien todo lo contrario, son difusos y nadie posee su monopolio y/o regulación. Podría pensarse que cualquier persona, aspirando a evitar una posible cancelación, debería cuidar su discurso o su accionar, pero ¿no estaría coartando sus propias libertades en base a lo que una comunidad dice u opina? ¿Son los grupos online los nuevos “grupos de presión” en cuanto a lo que está socialmente aceptado? Sin lugar a dudas, a la hora de hablar de libertad de expresión en ámbitos digitales este fenómeno no puede ser ignorado, pues una comunidad silencia deliberadamente ciertas voces. Una revisión exhaustiva de quienes lo llevan a cabo, sus formas, y sus implicancias, podría lograr evitar que “salte” de los ámbitos digitales a la praxis “de carne y hueso”. 

Pero más importante aún es el carácter censor y hasta autoritario que la cultura de la cancelación puede llegar a tener. En sociedades democráticas, este tipo de actos son más fácil de ser reconocibles, así como tienen un rechazo generalizado, por lo que la mera acción de cancelar a través de silenciamientos o linchamientos serían denunciados y mal visto en las sociedades que habitamos. Todo esto teniendo en cuenta que a lo largo de la historia de las civilizaciones no han sido pocos los actos de violencia y silenciamiento que hoy podrían ser equiparados a la cancelación. Desde la censura de medios y persecución a críticos de un régimen o una autoridad política, hasta desapariciones forzadas o asesinatos de opositores, estos intentos de silenciamiento de voces de carácter netamente autoritario tienen puntos en común con lo que hoy en día ocurre con la cancelación en el plano digital. También es preciso señalar que frente a este tipo de actos, cualquiera sea el ámbito en el que ocurren, las sociedades democráticas han consensuado que merecen y deben ser rechazados enfáticamente. 

Por ende, podemos concluir que el pasaje de la virtualidad a la cotidianidad de la cultura de la cancelación es muy difícil que suceda por las características que hacen a estos dos terrenos profundamente distintos unos de otros, y con normas morales y éticas claramente diferentes. Hasta el momento, “cancelar” es tan solo un término que integra el vocabulario de las redes sociales que pasa a la cotidianidad y nada más, y en pos de una convivencia democrática, así debería seguir siéndolo: las palabras no deberían pasar a la acción.

Andrea Perilli

Andrea Perilli tiene 20 años, es estudiante de la Licenciatura en Comunicación en la Universidad de la República, Montevideo, Uruguay. A su vez, se especializa en el trayecto de multimedia y tecnologías digitales. Ha colaborado con varios medios de prensa locales, escribiendo columnas donde ahonda en temas como el discurso político en redes o los usos de las herramientas de comunicación por parte de las figuras de la política nacional.

Suscribir
Notificar de
guest
0 Comments
Ver todos los comentarios