¿La democracia es el mejor sistema para los latinoamericanos?

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Latinoamérica es producto de un conjunto de numerosos factores históricos, el cual conformó cada una de las culturas actuales y, en base a eso, la opción de un sistema político y social como el que rige hoy en día: la democracia. Y acá digo que la democracia en América Latina es cuestionable. Por muy crítico que suene, considero que al continente lo une la pobreza, la desigualdad, la corrupción, el narcotráfico, las mafias y, por supuesto, los políticos de siempre.

Si le preguntásemos a un europeo qué es lo que piensa de un latinoamericano, probablemente señale un buen sentido del humor o buenas habilidades para el baile, pero también hablará de drogas, corrupción y pobreza. Lo cierto es que quienes nacimos en esta tierra, difícilmente no hayamos atravesado una crisis política en nuestros respectivos países. 

Es verdad que se hace referencia a la democracia como un sistema característico en la región, ya que no tenemos monarquías ni teocracias, pero me pregunto: ¿podemos decir que todas las democracias son iguales? Autores como Mainwaring y Perez Liñan hablan de que no todos los regímenes democráticos son iguales, clasificándolos en democráticos, semi democráticos y autoritarios. 

Tampoco es correcto afirmar que los países latinoamericanos gozan de cierta estabilidad democrática. Si bien luego de la tercera ola de democratización (década del ’80) todos los países asumieron sistemas democráticos, su estabilidad se ve amenazada por el accionar político del día a día.

La actual situación en Venezuela es producto de largos años de violaciones a los derechos y libertades constitucionales, que nacen de una elección celebrada democráticamente. De la misma forma, creo que lo que atravesó Bolivia en 2019 no fue una situación de dictadura, pero sí atenta contra su estabilidad democrática. 

A mi parecer, al hablar de democracia, no hacemos referencia únicamente a elecciones bien celebradas, sino también de un cúmulo de diferentes factores intervinientes, como las libertades individuales, igualdad ante la ley; la relación entre los gobiernos con las fuerzas armadas y los grupos empresariales y sociales, entre otros. Entonces, ¿la democracia es el mejor sistema político para los latinoamericanos?

Con esta pregunta busco analizar de qué manera los gobiernos de turno cumplen con las demandas expuestas por la sociedad. Un estudio de Latinobarómetro 2020 indaga sobre la satisfacción con la democracia. Esto no refiere a la estabilidad o los regímenes, sino al grado de aprobación de los ciudadanos respecto a las políticas públicas.

La encuesta plantea que, desde 2013 al 2020, la insatisfacción con la democracia pasó de un 51% al 70%. Aunque los números de satisfacción vienen decreciendo desde 2009, Latinoamérica acumula un promedio actual del 25%. Hay países como Uruguay, en el cual el 68% de sus ciudadanos se encuentran “satisfechos con la democracia”; y casos contrarios, como Ecuador y Perú que acumulan un 10% y 11% respectivamente. 

Sin embargo, lo más novedoso de esta encuesta, y que hago especial hincapié, es que, en la mayoría de los países latinoamericanos, más del 50% de los ciudadanos “no apoyan a la democracia como forma de gobierno”.

La encuesta mide igualmente la pregunta: ¿Para quién se gobierna?. Teniendo en cuenta los datos previos, los resultados no sorprenden. El 73% considera que se gobierna para los grupos poderosos, mientras que solo el 22% para el bien de todo el pueblo. Con excepción de El Salvador, en el resto de los países encontramos que menos de la mitad de los ciudadanos considera que «se gobierna para el pueblo».

En mi opinión, estos números no hablan únicamente de libertad, derechos e igualdad, sino que encubiertamente, y dentro de la llamada estabilidad democrática, afectan al sistema político latinoamericano. Es necesario entender que, por ejemplo, la corrupción es relevante, ya que el 75% de los ciudadanos la considera como una consecuencia de la falta de igualdad y escasa democracia. 

Otro estudio realizado por la consultora Transparencia Internacional evalúa el índice de percepción de corrupción: 100 es inexistente y 0 alta corrupción. De lo sáíses de América Latina, Uruguay se posiciona con 71 puntos, seguido de Chile con 61. La media latinoamericana es de alrededor de los 50 puntos. En el extremo severo encontramos a Venezuela y Haití, con 15 y 18 puntos respectivamente.

La violencia y el narcotráfico son características que unen a toda Latinoamérica. En 2019, América fue el continente más violento del mundo, con una tasa de homicidios de 17.2% sobre 100.000 habitantes. Los países con mayor violencia registrada son Venezuela, Guatemala, El Salvador, Honduras, Colombia y México. El número más impactante nos dice que el 37% de todos los homicidios del planeta se producen en nuestro continente, consecuencia de la corrupción y el crimen organizado.

Finalmente, propongo analizar la situación de la educación y la salud. Considerando la situación pre-pandemia, todos los países latinoamericanos se encuentran por debajo del promedio de la OCDE, existiendo una brecha enorme con respecto a Europa y Asia. La problemática no se encuentra en los índices de alfabetización o de acceso educativo, sino en la calidad de la misma. 

Y si hablamos de salud, todos los países de Latinoamérica se encuentran por debajo del promedio de los países de la OCDE en múltiples cuestiones: calidad sanitaria, cantidad de médicos y enfermeros disponibles cada 1000 habitantes,y gasto de salud por PIB promedio, entre otras.

El descontento del pueblo con su sistema político no recae sobre la teoría, sino sobre la incapacidad de cubrir demandas del ciudadano, quien reclama, básicamente, una mejor calidad de vida. Mientras que año a año la política se va alejando más de la realidad del electorado, la estabilidad democrática corre riesgo. Corre riesgo no por ser violentada desde las altas esferas, sino por presiones sociales que se elevan desde la base hasta la cima de la toma de decisiones, buscando el cambio estructural necesario para la transformación del sistema.

¿Democracia sí o democracia no? Considero que la respuesta se inclina más por el sí, ya que las grandes fallas se hallan en la falta o errónea implementación de políticas públicas o déficits en la ejecución misma de la democracia. Incluso si se optara por cambiar de sistema, quienes se encuentran en la cúpula del poder seguirán moviendo los hilos, mientras que el pueblo continuaría siendo pueblo. 

Serán necesarias grandes modificaciones en los sistemas de control que logren el acercamiento de la sociedad con su concepto de democracia, gobernantes que asuman su rol sin tomar una postura demagógica, y ciudadanos que tomen decisiones electorales bajo beneficios democráticos que respondan a sus demandas. Solo así se revertirá la crisis de representatividad.

Portada: New Theory

Enzo Caldora

Enzo Caldora tiene 22 años, es estudiante avanzado en las carreras de Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la Universidad Católica Argentina. Se desempeña como consultor político en comunicación en la Legislatura de Buenos Aires y en el Instituto Ideas, entre otras instituciones.

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