Desorden desinformativo como consecuencia de las fake news: historial ruso-ucraniano

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El mito de la libertad de Yuval Noah Harari dice que los seres humanos toman decisiones, pero nunca son elecciones independientes. Por el contrario, están rodeadas de condiciones que no se pueden determinar ni voluntaria ni individualmente. Elegir qué tipo de noticias leemos, compartimos o ignoramos no resulta de preferencias propias, sino que están orientadas de acuerdo a lo consumido en Internet.

La tecnología lo ha cambiado todo. Como expresa Harari, ahora un algoritmo puede dilucidar que un usuario tiene un sesgo en contra de los inmigrantes, mientras que su vecino no simpatiza Trump, razón por la cual consumen titulares diferentes

En los últimos años, la piratería del cerebro humano ha sido trabajada de tal manera que hagas clic en anuncios y compres cosas. Actualmente estos métodos también se están utilizando para vender política e ideología.

Según estudios recientes de Guess, Nyhan y Reifler, algunas personas son propensas a escoger aquella información que coincide con sus posturas ideológicas más allá de la veracidad de las mismas. Por lo tanto, la veracidad no siempre será un elemento decisivo a la hora de inclinarse a consumir y compartir una noticia.

Si bien la propaganda cargada de manipulación no es nada nuevo, ahora esta puede ser direccionada con precisión. Como dice Boczkowski: “aunque las noticias falsas han existido durante mucho tiempo, el elemento diferenciador que las propicia es una infraestructura de información con una escala, un alcance y una horizontalidad en los flujos informativos sin precedentes en la historia”. Y esto es posible porque las condiciones de la globalización lo permiten.

La crisis actual entre Rusia y Ucrania se ha asociado con muchas noticias falsas para generar miedo, pánico, violencia potencial, entre otros. Dado el impacto negativo de estas en las redes sociales —especialmente Twitter—, se necesitan medidas para abordar el problema de la información errónea y la desinformación a nivel mundial. 

Fake news y desorden desinformativo

En el orden actual, la propagación a gran escala de fake news no está exclusivamente controlada ni operada por Estados o medios, sino que también puede ser el resultado de usuarios o grupos de usuarios quienes usan el ecosistema digital para difundir desinformación. Tal como señala Waisbord, “desde los actores organizados hasta los ciudadanos comunes, una gama de fuerzas sociales participan con entusiasmo o distracción en distorsionar hechos y perpetuar falsedades”

La desinformación y propaganda han sido características de la comunicación social. Y durante mucho tiempo, las fake news han adoptado diversos subgéneros, desde el clickbait a la desinformación. Sin embargo, la escala y la velocidad que han adquirido las fake news son nuevas en un contexto de desestabilización de los medios; es decir, este estado de desorden informativo es un fenómeno actual. 

Claire Wardle plantea que el desorden informativo está categorizado en desinformación, información errónea y mal información. La primera se define como contenido intencionalmente falso y diseñado para causar daño. Está motivado por tres factores: ganar dinero; tener influencia política, ya sea extranjera o nacional; o causar problemas por el simple hecho de hacerlo. Como consecuencia, cuando se comparte desinformación, a menudo se convierte en información errónea. 

La información errónea también describe contenido falso, pero la persona que comparte no es consciente de que es engañoso. A menudo, una pieza de desinformación es detectada por alguien que no se da cuenta de que es falsa y esa persona la comparte con sus redes, creyendo que está ayudando. 

Por último, mal información es cuando se comparte contenido genuino para causar daño a la reputación. Generalmente incluye información privada de una persona, empresa y partido.

Las narrativas de desinformación se exponen en la cantidad de imágenes propagadas en Twitter sobre la guerra ruso-ucraniana. Estas son intencionalmente engañosas y crean un riesgo de daño al moldear el pensamiento y las decisiones de los usuarios, demostrando que las noticias falsas no utilizan únicamente texto, sino que están acompañadas de una carga gráfica para realzar su credibilidad. 

En resumen, la convergencia del propósito opresor, el círculo de manipulación de los medios y el desorden informativo nos conduce a un estado general de confusión.

Guerra de desinformación 

Estudios realizados desde el año 2015 muestran que Rusia ha manejado de manera efectiva las percepciones nacionales e internacionales del conflicto a través del uso de los principales medios de comunicación y controlando las discusiones en Internet. La televisión convencional rusa ha tomado una posición clave en el avance de las narrativas estratégicas del gobierno, presentando historias sobre la causa, la naturaleza y la resolución del conflicto. 

Durante el año 2014, el canal de televisión rusa Perviy Kanal (Canal uno), al que accede hasta el 98% de la población en Rusia, difundió una serie de noticias falsas sobre el conflicto. Como resultado, el 70% de los televidentes cree en los datos que emiten los canales del gobierno de la actual guerra en Ucrania. 

Rusia ha enfocado su propaganda en narrativas como la hostilidad y el interés propio de los Estados occidentales detrás del cambio de régimen en Kiev y en la existencia de una amenaza fascista que se extiende en Ucrania. Como contraparte, en el mismo año, se lanzó en Kiev StopFake, un proyecto colaborativo para combatir la información errónea de los medios rusos e Internet. 

Seguidamente, fue en el 2015 que se lanzó el programa “Learn  to  Discern”, como un proyecto de IREX con la colaboración de la Asociación de Prensa Ucraniana y StopFake. El objetivo era fortalecer la resiliencia de los ciudadanos frente a la desinformación sobre el conflicto actual en Ucrania. La estrategia del programa era mejorar la información pública y la alfabetización mediática a través de capacitaciones y campañas públicas que fomentaban el consumo informado de los medios.

Posteriormente, se reveló la participación de la Agencia de Investigación de Internet, una enorme “granja de trolls” con sede en San Petersburgo, en la que los empleados registraban cuentas con identidades falsas e improvisaban cientos de publicaciones diarias sobre temas de conversación asignados. También, los ex empleados dijeron al periódico The Guardian que se les pagó para inundar foros y redes sociales con comentarios anti-occidentales y pro-Kremlin. 

BuzzFeed citó documentos filtrados que revelaban la carga de trabajo de los “ejércitos de trolls”. Según estas fuentes, en un día promedio, los “soldados de infantería” contratados debían publicar 50 veces en artículos periodísticos. Cada bloguero debía mantener seis cuentas de Facebook, publicando al menos 3 publicaciones al día y discutiendo las noticias en grupos al menos 2 veces al día. Al final del primer mes, se esperaba que incrementaran los suscriptores por al menos 500 y recibieran al menos 5 publicaciones por día. En Twitter, se esperaba que los blogueros manejaran diez cuentas de 2,000 seguidores y tuitearan 50 veces al día. 

En febrero del corriente año estalló la guerra y el desorden informativo continúa siendo la norma. Teniendo en cuenta el historial descrito hasta el momento, veamos qué papel han jugado la desinformación, la información errónea y la mal información en el conflicto actual entre Rusia y Ucrania en la segunda parte de este artículo.

Portada: Jhosselin Santillan

Jhosselin Santillan

Jhosselin Paola Santillan tiene 21 años, es estudiante avanzada de Ciencia Política en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, Perú. Estudio un semestre en la Universidad Nacional Autónoma de México a través de Exchange Student, actualmente se encuentra realizando el mismo programa en la Universidad de Bologna, Italia. Ha sido ponente en diferentes congresos nacionales e internacionales (Macrocoloquio de Estudiantes de Ciencia Política, III Encuentro Internacional de Ciencia Política – Colombia, VI Congreso Nacional de Ciencia Política). Además, es Asistente de investigación en el Instituto de Estudios Políticos Andinos, y cuenta con diversas publicaciones.

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