Egipto y Etiopía: la gota que podría colmar el dique

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Las noticias sobre Covid 19 nos inundan. En el plano internacional, parece que todo ronda en torno al mismo eje: tema X y el impacto que la pandemia ha tenido sobre el mismo. Y está bien, la pandemia realmente ha afectado absolutamente todo y ha tenido un impacto significativo. Sin embargo, el foco que ha recibido ha dejado poca luz para otros temas, los cuales han quedado relegados a la sombra. He aquí esta columna que intenta traer un poco de luz hacia una pregunta clave: ¿qué sucede entre Egipto y Etiopía? Contextualicemos.

Las conversaciones sobre cambio climático han ido adoptando una relevancia cada vez mayor. Hace unos años, veíamos que el movimiento Fridays For Future tomaba las calles de cientos de ciudades a lo largo y ancho del globo. La COP 25 recibía una saludable dosis de atención y el Acuerdo de París, aunque un ideal inalcanzable y dañado tras la salida de Estados Unidos, había creado un compromiso internacional más firme para la reducción de emisiones de gases de invernadero y otras medidas para el combate contra el calentamiento global.

Una de las preocupaciones que se mencionaban en aquel entonces era el acceso al agua, teniendo en cuenta que es un recurso difícilmente renovable y de baja asequibilidad. Durante el 2010, Naciones Unidas consagró el derecho al acceso al agua y, cinco años más tarde, esto fue reafirmado en el 6to Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS): “Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos”. No obstante, basta leer muchos de los objetivos que se ha propuesto Naciones Unidas, así como los derechos que ha consagrado, para ver que rara vez se vuelcan a la realidad tal como se desearía.

En el 2011, Etiopía comenzó a construir el Dique del Milenio, ahora llamado el dique del Gran Renacimiento Etiope. La meta propuesta es proveer a toda Etiopía de electricidad mediante el uso de una represa hidroeléctrica, lo cual aceleraría significativamente el desarrollo del país africano.

El problema yace en el curso de agua elegido para la construcción del dique: el Nilo Azul. El mismo nace en tierras etíopes, atraviesa Sudán y confluye con el Nilo Blanco en Jartum, dando lugar al Nilo mismo, el cual tiene su desembocadura en el delta del Nilo egipcio. Históricamente, Egipto se ha desarrollado en torno a este. Los antiguos egipcios dependían de las inundaciones periódicas del río para sus cosechas y el estado egipcio actual obtiene de él el 90% de su agua potable, del cual este recibe el 85% de su caudal del Nilo Azul.

La construcción del dique ha llevado a tensiones diplomáticas crecientes entre Addis Ababa y El Cairo, que no encuentran conciliación en lo que son intereses diametralmente opuestos. La situación jurídica de las aguas se remonta a comienzos del 1900, a la época colonial de África (de la cual Etiopía solo fue parte brevemente, durante una infructuosa conquista italiana por parte de Mussolini). En 1929, Gran Bretaña y Egipto firmaban un tratado que determinaba que casi todas las aguas del Nilo caían bajo jurisdicción egipcia. Asimismo, recibían el derecho a veto de cualquier proyecto que pudiera alterar los afluyentes.

No obstante, Etiopía considera que dicho tratado no es vinculante para sí misma en tanto jamás lo firmó y ni Gran Bretaña ni Egipto podrían decidir sobre su propio territorio. El derecho internacional público considera que, en materia de dominio fluvial, hay un deber de notificar y consultar. Sin embargo, no se reconoce derecho a veto alguno. Es decir, un Estado ribereño no precisa el consentimiento de un corribereño para poder ejecutar obras en su territorio. 

Por otro lado, encontramos el deber de impedir que se causen daños sustanciales al Estado vecino. Jiménez de Aréchaga, ex presidente de la Corte Internacional de Justicia de la Haya, mencionaba como ejemplo de daño sustancial “las desviaciones que afectan gravemente las obras de irrigación”. En este caso, no serían afectadas las obras de irrigación, sino el acceso a agua potable de una nación entera.

Respecto a la presa hidroeléctrica, la misma no altera el caudal mismo del río, pero sí debe ser llenada para poder funcionar adecuadamente. Los etíopes plantean un cronograma de entre cuatro y seis años para su relleno. Los egipcios proponen entre doce y veintiún años. Con números tan dispares, llegar a un acuerdo parece imposible. La última ronda de negociaciones llevada a cabo, la cual se ha extendido ya cuatro años e incluye a Sudán, fracasó nuevamente a la hora de construir compromiso alguno. Estados Unidos ha intentado mediar, pero no ha logrado ningún avance. Ambas partes acusan a la otra de falta de cooperación y de buscar causar perjuicios graves. En esta situación, parece que nos encontramos ante un standoff diplomático.

Fuera de ello, la posición de Jartum ha cambiado sustancialmente. Previamente, a favor de Egipto. Luego, un golpe de estado en 2019 ha dado vuelta las simpatías diplomáticas, aproximando a este tercer Estado hacia Etiopía. Se comenta que esperan lograr puestos de trabajo en el dique etiope. Esto sería un gran alivio para Sudán, país que solo ha conocido inestabilidad y graves problemas internos en la última década. El reciente golpe de estado, la escisión de Sudán del Sur tras una violenta guerra civil, y el conflicto de Darfur han dejado un país profundamente fracturado, corrupto y cuasi inoperante. Una victoria diplomática y económica, por más magra que la misma fuese, sería una noticia excelente para los sudaneses.

Ante todo, la situación se mantiene tensa y compleja. En la actualidad, menos del 50% de Etiopía tiene acceso a la electricidad. Sin embargo, este Estado africano goza de una situación excepcional. Habiendo resistido la colonización y generado una identidad nacional particularmente única, disfruta también de una envidiable posición geopolítica, de la cual puede sacar provecho desarrollarse y convertirse en una potencia regional. Addis Ababa es consciente de ello, pero también sabe que grandes reformas han de ser efectuadas para que esto se vuelva una realidad. Incrementar sustancialmente el acceso a la electricidad, solventar las tensiones étnicas internas, y obtener un puerto con salida directa al mar son sus principales preocupaciones. El dique del Gran Renacimiento Etiope sería un gran paso hacia ello, y Addis Ababa no parece dispuesta a retrasar sus planes de desarrollo, de “renacimiento”.

El Cairo enfrenta también una compleja situación política. Aun así, Egipto es un Estado altamente militarizado y posee la capacidad bélica para respaldar sus demandas. En cuanto las negociaciones siguen frustradas, la presión por encontrar una resolución aumenta, haciéndose cada día más probable la posibilidad de la alternativa militar. Si no se logra una solución pronto, es posible que dos grandes Estados africanos se vean envueltos en otro conflicto pasible de desestabilizar la región y aplastar cualquier sueño de desarrollo. Ante todo, Clausewitz no se equivocaba. Parafraseándole, la guerra es, inevitablemente, la continuación de la política por otros medios.

Mateo Bianchi

Mateo Bianchi tiene 19 años, es estudiante de la Lic. en Relaciones Internacionales y de la Lic. en Ciencias Políticas, ambas carreras de la Universidad de la República. (UDELAR, Montevideo, Uruguay). Durante el 2019 tuvo la oportunidad de presentar su primera ponencia en un congreso internacional.

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