Entre la espada y la pared: el problema de la deforestación

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En la Conferencia de las Partes (COP 26), se vienen discutiendo una serie de puntos claves establecidos en el Acuerdo de París del 2015. Si bien la discusión continúa su curso en Glasgow, una noticia relevante ha sido la Declaración sobre los bosques y el uso de la tierra suscrita por 124 países el pasado 02 de noviembre. La protección y conservación de los bosques responde, sin duda, a la alarmante concentración de emisiones de carbono que, por consiguiente, no permite la desaceleración del aumento de la temperatura.

La deforestación en el mundo ha mantenido un ritmo constante y otras veces agravante. Tal es el caso de la deforestación de la Amazonía brasileña, la cual, para abril del 2021, perdió más de 580 kilómetros cuadrados de bosque. La constante deforestación en la selva amazónica brasileña ha sido considerada una de las peores desde la llegada al poder de Jair Bolsonaro. El Código Forestal de Brasil es uno de los más débiles en su legislación y capacidad sancionadora, lo cual conduciría a aumentos de emisiones de carbono muy superiores a las históricamente registradas.

Asimismo, Colombia registró más de 171 mil hectáreas de bosque perdidas durante el 2020.  La mayor pérdida de esta extensión se concentra en la Amazonía colombiana afectando no sólo al recurso arbóreo, sino también a la fauna de dichos territorios. Así, se han adoptado medidas contra dicha problemática. La más resaltante es la Ley de Delitos Ambientales, que busca combatir el tráfico de fauna silvestre y la deforestación a partir de condenas y sanciones a los infractores.

Así como la Amazonía es un sistema arbóreo importante de la región Latinoamericana, otra ecorregión en constante peligro es el Gran Chaco, territorio compartido por Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil. De acuerdo con últimos reportes, la ecorregión concentra una cantidad de carbono 19 veces superior a la pensada, lo que sumado a más de 8 millones de hectáreas pérdidas durante las últimas tres décadas dan como resultado una alerta ambiental crítica.

Los esfuerzos por frenar la deforestación se han mantenido vigentes dentro de las políticas de determinados gobiernos de la región. Pero creo que también resulta importante problematizar y discutir los lineamientos de las políticas ambientales a partir de la simple comprensión de la deforestación como un fenómeno multicausal. 

Será complicado elaborar una visión global del problema a desarrollar, sin embargo, espero que constituya un esfuerzo por estimular la reflexión en torno a la problemática de los bosques. Para ello, permítame concentrarme en el contexto peruano que, si bien difiere de otros contextos particulares, posibilita plantear la problemática en buena forma.

Hace unas semanas realizaba una investigación respecto a la conservación y protección de los bosques secos en la costa norte del Perú. Estos ecosistemas son importantes, ya que, además de proveer sombra e insumos para el comercio regional, como el caso de la apicultura, constituyen el pulmón de la región costera. Es que se encuentra muy próxima a las urbes norteñas, lo cual facilita la disminución de la concentración de carbono. Pese a ello, el deterioro de dichos ecosistemas es una constante en los últimos años. 

Ahora bien, a mi parecer, la deforestación de estas áreas no sólo responde a factores antrópicos, como la tala ilegal, sino también a factores políticos, económicos y, por supuesto, sociales. Si revisamos la legislación sobre protección de bosques en el Perú podemos observar ciertas incongruencias. Tenemos, por un lado, la ley que prohíbe la tala de árboles, mediante la cual se condena y sanciona la tala ilegal de los recursos arbóreos; además, todo tipo de tala sobre árboles requiere del permiso de instituciones reguladoras como SERNARP. 

Por otro lado, dentro de la legislación nacional, tenemos la ley que decreta el “Día del Pollo a la Brasa”. ¿Qué tiene que ver este plato con la deforestación? Bueno, el “Pollo a la Brasa” es un plato característico peruano que requiere como insumo energético la leña o carbón vegetal del algarrobo. En ese sentido, crear una ley que fomenta el consumo del referido plato y que, paralelamente, promueve la tala del árbol en cuestión, a pesar de la existencia de estrategias para mitigar dicho problema, resulta incongruente. Los reportes sobre esta incongruencia no se dejan esperar y conllevan problemas aún mayores como la aparición de mafias de leña y carbón vegetal.

Adicionalmente, la deforestación responde también a factores sociales porque, en determinados puntos del Perú, una carga de leña de algarrobo, por ejemplo, es igual al pago de dos días de trabajo agrícola. Este hecho promueve la tala indiscriminada e ilegal del árbol ya que, más allá del problema ambiental, el problema del hambre y la capacidad adquisitiva son un continúo en buena parte de la población costeña. 

Ciertamente, la deforestación responde a factores económicos. Con la suscripción de los tratados de libre comercio, el Perú ha promovido una política agroexportadora para cumplir con los objetivos planteados por cada contrato suscrito. La costa norte es una de las principales áreas productoras para la agroexportación. Esto ha conducido a que los territorios dedicados a la agricultura comiencen a usurpar territorios donde se asentaban grandes hectáreas de bosque, replicándose en hechos similares en otros países. En ese sentido, creo que estas discordancias no promueven una convivencia óptima entre la actividad económica y la conservación de los bosques.

Lo que tenemos al frente de la problemática de la deforestación no es solo la necesidad de superar la emergencia climática tan agravante en nuestros días, sino también la necesidad de replantear todo un esquema normativo, político, económico y social que no ha tenido protagonismo dentro del planteamiento del problema. La Declaración sobre los bosques y el uso de la tierra en su punto 4 manifiesta la premura de considerar e implementar nuevos diseños. Se trata entonces de una urgencia y necesidad.

Creo que lo acontecido en la COP 26 es una oportunidad única, pero que, considerando el panorama político económico actual, puede resultar en un sueño efímero que no traerá más que la constante pesadilla del aumento de la temperatura, la sobreconcentración de carbono y el paulatino fin de ecosistemas históricos de gran importancia para la vida humana. La urgencia de nuevos diseños que garanticen el equilibrio entre las actividades productivas y los bosques es la apuesta por el futuro que la COP 26, esperemos, intente consolidar.

Portada: Guillermo Mogollón Sandoval

Guillermo Mogollón Sandoval

Guillermo Mogollón Sandoval tiene 24 años, es estudiante avanzado de la Licenciatura en Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, Perú. Actualmente, estudia un semestre en la Universidad Autónoma de Ciudad de Juárez, México, a través de la Dirección General de Vinculación e Intercambio. Ha sido ponente en congresos nacionales e internacionales. Además, es Asistente de investigación en el Instituto de Estudios Políticos Andinos (IEPA) y CM/L&D Intern en CanopyLAB.

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