Haití y la mutación histórica de la violencia

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La historia haitiana ha estado caracterizada por una frecuencia del uso de la violencia como mecanismo para acceder al poder político. Desde sus orígenes como nación independiente, la política se ha expresado a través de las armas: rebeliones internas, golpes militares, invasiones a sus vecinos y la proliferación de grupos armados no estatales. En este artículo revisaremos la historia de la primera república independiente y negra del Hemisferio Occidental mediante el prisma de la violencia política como determinante de su trayectoria política. 

La violencia de los caudillos 

Haití consiguió su independencia en 1804 tras una cruenta guerra racial que enfrentó a los colonizadores franceses y la coalición de mulatos y negros liderados por los líderes independentistas Toussaint L’Overture y Jean Jacques Dessalines. Con este último, la parte occidental de la Isla de la Española obtendría su emancipación definitiva del imperio frances y se organizaría como la primera república en abolir la esclavitud en las Américas.

Sin embargo, pronto el ímpetu del antiguo revolucionario se tornó hacia el autoritarismo proclamándose como el primer emperador negro del continente bajo el nombre de Jacques I. La oposición a la monarquía y a la reimplantación del sistema de trabajo coercitivo terminaron con su vida y reinado. 

La desaparición de Dessalines abrió un nuevo escenario político: la secesión. Los antiguos conspiradores que terminaron con el primer intento monárquico, Henri Christophe y Alexander Petión, rompieron y abocaron al país a la división territorial. En el norte, el general negro Christophe se proclamó monarca (Enrique I de Haití) mientras que el general mulato Petión constituyó en el sur una república con él como presidente vitalicio. 

En 1820, la monarquía de Christophe cayó y favoreció la reunificación a manos de un lugarteniente de Petión, Jean Pierre Boyer. Bajo su gobierno, Haití dio avances hacia una construcción de un Estado central afincado en el fortalecimiento del ejército y la burocracia, pero también abrió el apetito anexionista: en 1822 invadió la parte occidental de la Española, ocupación que terminaría con la formación de la República Dominicana en 1843.

A esto le siguió un breve periodo de inestabilidad caracterizado por el protagonismo de las milicias privadas como la L’Armée Souffrante que en el curso de cuatro años desalojaron del poder a cuatro presidentes. Tras el caos vino el orden de la mano del presidente Faustine Souloque, quien tras sofocar una rebelión de las élites mulatas con sus milicias privadas  (zinglings), se declaró emperador Faustino I en 1849. Al igual que Boyer, buscó y fracasó en su intento de reconquistar la República Dominicana, motivo por el cual fue desalojado del poder en 1859 como su antecesor. 

Pasada la mitad del siglo, Haití se vio sumida en la inestabilidad debido a una combinación de regionalismo y militarismo, el que cada aspirante político tenía su milicia privada con la suficiente capacidad para amenazar la autoridad del gobierno central. De esta manera, una norma implícita de la política haitiana fue la formación y la aceptación de los políticos de los denominados cacos o bandas armadas privadas. 

La violencia patrocinada desde el Estado 

La amenaza de los cacos logró ser controlada por la ocupación estadounidense de 1915 en un contexto dominado por la convulsión política y la política de contención hacia el imperio alemán en el área del Caribe. En parte, la intervención, que duraría hasta 1934, logró recomponer el Estado y crear un ejército nacional. Sin embargo, en 1957, el país antillano vería el ascenso de la dinastía Duvalier (1957-1986) y con ella la delegación de la violencia estatal en manos de grupos paramilitares. 

Desconfiado de su propio ejército, que lo había querido derrocar años antes, la dinastía creó un grupo de milicianos: Tonton Macoutes. A este grupo, a cambio de blindar al régimen de la amenaza golpista y reprimir a los opositores, se le dio licencia para expoliar tanto los recursos públicos como aquellos privados para el beneficio de sus integrantes. La acción de este grupo paramilitar permitió la sobrevivencia de la dictadura hasta 1986. 

Con el final de la dinastía, una nueva crisis de seguridad se asomó. De un lado, los antiguos tontons quedaron sin utilidad, por lo que se creó una oferta de milicianos atractiva para la nueva élite política en democracia. Por otro, el gen violento de la política haitiana sobrevivió a pesar de la salida de los Duvalier en 1986.

De esta manera, la segunda administración del presidente Jean Bertrand Arístide (2000-2004) emuló las prácticas represivas de la dictadura duvalierista al conformar un grupo de choque contra sus opositores denominado Les Chiméres. La represión motivó una reacción de igual magnitud por parte de la oposición: la creación del Front pour la Libération et la Reconstruction Nationales, formado por ex miembros del ejército haitiano, que precipitaría la salida de Arístide del poder en 2004.

La violencia de las pandillas 

El terremoto de 2010 demostró la extrema fragilidad del Estado haitiano. La destrucción de casi la totalidad de la infraestructura estatal incentivó a varios grupos criminales a suplantar al Estado. Es así que bajo las ruinas de un país empobrecido, surgieron las pandillas (Baz) como una nueva expresión de la violencia consentida por los actores políticos. Es así como los Baz han asumido de facto las funciones del Estado en varias ciudades y grandes barrios de la capital, Puerto Príncipe. 

Particularmente, los Baz proveen servicios básicos y reciben rentas por protección de la población, posicionándose como constructores de órdenes sociales bajo la modalidad de subcontratación al amparo de los gobiernos y los diversos actores políticos para desarrollar tareas de movilización política (electoral y no electoral) e intimidación política. 

La violencia de las pandillas ha sido evidente en los recientes sucesos políticos haitianos: el incremento de los homicidios durante la época electoral en un país donde la tasa de homicidios es baja en comparación con otros países de la región como México o Colombia; y el proceso de erosión democrática que impulsó el asesinado presidente Jovenel Möise.

 Con la ayuda de la pandilla G9, una confederación de poderosas organizaciones criminales de Puerto Príncipe, el gobierno llevó a cabo tres masacres contra civiles en los vecindarios de La Saline, Bel-Air y Cité Soleil, fortines de la oposición contra Möise entre 2018 y 2020 que se saldaron con la muerte de aproximadamente de 240 personas. Así, la erosión de la democracia adoptó un nuevo cariz: la violencia pandillera al servicio del gobierno de turno.

Por último, resulta ilustrativo que el uso de mercenarios haya sido el medio por el cual los rivales políticos hayan buscado derrocar —y en últimas asesinado— al presidente Möise en su residencia privada. Previamente, cuatro mandatarios habían sido asesinados entre 1804 y 1915 por esta histórica espiral de violencia. Si el presidente no está a salvo, ni siquiera lo están sus ciudadanos. 

Entonces, la total descomposición del monopolio de la fuerza legítima ha abierto una caja de pandora por la multiplicidad de actores con capacidad de generar inseguridad. Esto ha erosionado aceleradamente la existencia del Estado, abandonando a los ciudadanos a merced de un oligopolio de violencia volátil y brutal. 

¿Un círculo vicioso de la política haitiana?

La impresión que nos brinda la historia de Haití es que la violencia es una norma no escrita de la política haitiana. Su uso frecuente por todos los actores políticos en la historia del país demuestra que la violencia lejos de ser rechazada es aceptada como un mecanismo legítimo para alcanzar el poder político. Además esto nos demuestra que es un país políticamente violento, reflejándose ello en la recurrente recaída de su proceso político en formas autocráticas. Por tanto, la violencia ha engendrado más violencia por la cultura autoritaria imperante. 

Por último, una particularidad de Haití es la circularidad de su violencia: con el paso de los años, la violencia ha pasado de las manos de los caudillos, a los dictadores y de ellos a las pandillas. En pocas palabras, la violencia ha sido endémica, dejando a todos los actores como culpables de una trayectoria política trágica.

Portada: Hector Retamal/AFP/Getty Images

Camilo González

Camilo González tiene 27 años y es profesor de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda, Bogotá (Colombia). Desde julio de 2021 es director de investigación de la misma facultad. Es Magíster en Ciencia Política por la Universidad de Salamanca (España) y Profesional en Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda.

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