Un cambio de enfoque: política exterior de Biden en torno a China

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Además de una pandemia y una economía debilitada, el presidente Joe Biden hereda un desafío adicional: una complicada relación con la segunda mayor economía del mundo. Ni la búsqueda nostálgica del antiguo orden liberal ni un enfoque aislacionista permitirán a Washington navegar con éxito la nueva configuración internacional. El país tiene una ventana cada vez más estrecha para reconfigurar su política exterior y consolidar su poder, teniendo en cuenta que ya no es la indiscutible superpotencia.

La presidencia de Biden representará un cambio en el tono y la retórica no sólo en la Oficina Oval, sino en la política; ya sea exterior y migratoria, en el campo de la defensa o tantos otros ámbitos de su administración. El gabinete de Biden busca marcar una clara diferencia con las erráticas políticas que caracterizaron los últimos cuatro años de la casa blanca de Trump y retomar el liderazgo internacional basado en la clásica diplomacia y la negociación.

La progresiva rivalidad con China, sin duda representa el desafío más grande para esta nueva administración. Beijing no debe caer en la ilusión que la victoria de Biden automáticamente aliviará las tensiones entre los dos países. La competencia entre Estados Unidos y China cambiará de tono, pero lo más probable es que se intensifique.  La manera en la que su gabinete proceda con este tema definirá el estado de la geopolítica y la gobernanza global de los siguientes años, o incluso décadas. 

¿Qué esperar del nuevo Gabinete?

Dentro de la administración entrante hay varios rostros familiares, tal y como su elección para secretario de Estado, Antony Blinken. Blinken sirvió como subsecretario de Estado durante el segundo mandato de Obama y más recientemente como el principal asesor de política exterior de la campaña de Biden. 

Al igual que Biden, Blinken considera que los aliados americanos son de vital importancia en la competencia con China. Como secretario de Estado, espera coordinar con aquellos países de ideas afines para garantizar que las reglas del juego sean justas. China se ha beneficiado de una campaña sistemática para avanzar sus intereses por cualquier medio necesario. Entre sus estrategias se pueden encontrar operaciones masivas de inteligencia, el robo de propiedad intelectual y el ciber-espionaje. El equipo que rodea al presidente quiere que la contienda contra Beijing sea ordenada, menos ideológica y más desafiante para China.

La presión que Trump ejerció contra los otros miembros de la  OTAN bajo el argumento de que los aliados europeos deberían contribuir más a los presupuestos de defensa comunes, es una perspectiva válida. Aún así, tener altas expectativas de las alianzas es una cosa, pero otra es ignorar el valor de las alianzas en lo absoluto. Los socios de Estados Unidos pueden esperar un trato completamente diferente al de los acosos y golpes a los que han sido sometidos por Trump. Blinken considera que el liderazgo americano debe reconstruir sus alianzas para abordar la «recesión democrática» que ha sido reforzada durante la era Trump en autocracias como Rusia y China. Los aliados proporcionan influencia adicional; será mucho más complicado que China ignore un 60% del PIB global que solo un 30%.

A su vez, Blinken cree que la retirada de los EE.UU. de su rol de liderazgo en las instituciones internacionales de la forma que lo ha hecho Trump crea un vacío que China aprovecha. El liderazgo chino pretende erosionar y debilitar gradualmente los pilares internacionales creados por los EE.UU. tras la segunda guerra mundial, mientras crea otros nuevos como la Organización de Cooperación de Shanghái o la Belt and Road Initiative.

Los avances de China en las organizaciones internacionales son evidentes. Beijing es ahora el segundo mayor proveedor de fondos de las misiones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, con más cascos azules que el resto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad juntos, y con cuatro ciudadanos chinos a la cabeza de las quince agencias especializadas de la ONU. Los desacuerdos del ex presidente Trump con la Organización Mundial de la Salud y el anuncio de su retirada solo le han brindado a China la perfecta oportunidad para continuar construyendo sus esferas de influencia en lugar de obstaculizar sus intentos para apoderarse de los organismos internacionales.

Durante su campaña, Biden tuvo que ser “reprogramado” respecto a China y dejar a un lado la mentalidad de su tiempo bajo la administración Obama, cuando la cooperación con Beijing era un aspecto clave de la política exterior americana. Desde que Trump asumió la presidencia en 2017, las relaciones sino-americanas se han deteriorado y convertido más hostiles. Parece que esta “reprogramación” ha funcionado. Biden ha llamado a Xi Jinping un “bully” y ha criticado a Trump por elogiarlo y por su indiferencia ante los abusos contra la población Uigur en la región occidental de Xinjiang. 

Como dijo Yun Jiang, director del “China Policy Center” con sede en Canberra: “La retórica de Biden podrá cambiar y no parecer conflictiva, aunque es probable que siga teniendo un enfoque duro contra el régimen chino”. Contrastando con las políticas de la presidencia de Trump, se espera que la administración entrante se interese por plantar cara a los abusos contra los derechos humanos en Xinjiang y la erosión de las libertades y la semi-autonomía de Hong Kong. Es posible que Biden intensifique los esfuerzos para presionar a China en el consejo de seguridad, así como en los distintos órganos subsidiarios de la ONU, donde China ha intentado minimizar las críticas a su actuar. 

Si EE.UU. no logra transformar su enfoque de política exterior, se verá más débil frente otras potencias y menos capaz de garantizar su propia prosperidad y seguridad. Esta evolución requerirá que Washington promueva una visión positiva de un orden internacional donde sus aliados y socios puedan adoptar políticas de un “mundo abierto”. Si China es capaz de consolidar su poder diplomático tan rápido y sólido como lo hizo con su desarrollo económico, Washington podría perder parte de uno de los instrumentos de persuasión más importantes: su soft power, el cual ayuda a las potencias a moldear el mundo a su imagen. Aunque es cierto que actualmente Beijing no busca un control tangible y directo sobre aquellos territorios de su interés, está expandiendo su soft power e influencia económica para lograr sus objetivos a largo plazo.

Primera Junta EE.UU.- China de la nueva Administración

El pasado 18 y 19 de Marzo Anchorage, Alaska fue la sede de la primera sesión de altos cargos entre representantes de Estados Unidos y China desde que Biden asumió la presidencia. El asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, se unió al secretario Blinken, en lo que se convirtió en una expresión de agravios con el principal diplomático del Partido Comunista Chino, Yang Jiechi, y el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi.

Blinken comentó una serie de quejas sobre la represión y la agresión de China en Hong Kong, Taiwán y Xinjiang además de la coerción económica contra Australia, un importante aliado americano en la zona del Pacifico Sur. El comportamiento de China, según Blinken, atenta contra el orden internacional basado en reglas. El oficial chino de mayor rango, Yang Jiechi,  respondió firmemente que los EE.UU. no deben de meterse en los asuntos internos de su país y denunció el intervencionismo militar desestabilizador americano y su “matanza” contra los afroamericanos. 

Varios analistas sugieren que las directas y retóricas confrontaciones en Alaska fueron parte de una exhibición para sus respectivos públicos nacionales, y que la diplomacia constructiva se llevó a cabo en una sala a puerta cerrada A pesar de ello, la reunión en Anchorage marcó el tono de la antagónica relación entre las potencias más fuertes del mundo. Biden dejó muy claro que no iba a reducir las críticas contra el politburó chino que inició la anterior administración. 

Sin embargo, a pesar de esta firme postura, es poco probable que Beijing cambie su actitud y comportamiento. China está llevando a cabo una implacable imposición de su modelo de gobierno autoritario en Hong Kong, una brutal represión de los uigures en Xinjiang, acciones comerciales punitivas contra Australia,  e intentos de controlar a Taiwán y, según agencias de seguridad, ciberataques contra objetivos americanos.

Uno de los objetivos principales de esta reunión era proyectar la fuerza y la unificación de la nueva administración. Demostrando el consenso en torno a la idea que la relación con China se traducirá a la competencia estratégica. El equipo diplomático de Biden remarcó las áreas donde los EE.UU. deben enfrentarse a China, como los derechos humanos y acoso a otros países asiáticos; en los cuales deben de competir, principalmente económica y tecnológicamente; y aquellos donde pueden cooperar, por ejemplo la lucha contra el cambio climático. Después de la reunión en Alaska, Bliken dijo que los intereses de ambas potencias colindan sobre los temas que conciernen Irán, Corea del Norte y Afganistán.  Si algo reafirmó la reciente conferencia en Anchorage, es que la dura conversación es más que un espectáculo. La relación bilateral más importante del mundo seguirá siendo muy complicada.

El Secretario de Estado, Antony Blinken (izq.) presidiendo la junta de altos mandos sobre las relaciones entre Estados Unidos y China en Anchorage, Alaska, el 18 de marzo. Fuente: REUTERS / Frederic J. Brown

Implicaciones geoestratégicas

Podemos concluir que la estrategia americana respecto a China bajo el presidente Biden combinará ámbitos del enfoque de Obama y de Trump: una desconfianza combinada con la preferencia por la cautela a la hora de manejar los asuntos más estratégicos. 

Biden se verá limitado por un Congreso cada vez más hostil con China y con una  opinión pública negativa hacia el gigante asiatico, ya que las opiniones negativas sobre China han alcanzado un nivel histórico. El liderazgo americano debe reevaluar y abordar la nueva realidad estructural. Esto se puede resumir en tres ideas principales

1. Acomodación. Estados Unidos debe redefinir la relación. Esto significa hacer un esfuerzo serio para adaptarse al nuevo equilibrio de poder. China y Estados Unidos podrían negociar sobre ciertas limitaciones en áreas específicas de su rivalidad. Ambas naciones tienen fuertes demandas domésticas y la pandemia tendrá duras consecuencias. Podrían pactar una pausa en las disputas en las aguas adyacentes chinas, limitar los ciberataques o detener ciertas formas de interferencia. 

2. Socavación. Las agencias estadounidenses de defensa e inteligencia podrían intentar debilitar el partido comunista financiando grupos disidentes en Hong Kong, Xinjiang y Tíbet o revelar documentos que prueben la corrupción de funcionarios del partido comunista. Al intentar dividir y mantener a China preocupada por preservar su estabilidad interna podría liberar espacio en otras áreas. 

3. Aclaración de intereses vitales. Para poder defender los intereses más importantes es necesario definirlos primero. EE.UU. debe priorizar y concentrar sus esfuerzos. El terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva y el cambio climático plantean amenazas que afectarían tanto a China como a Estados Unidos. Ambos deberían abordar estos problemas juntos.

Washington necesita trazar una línea en la arena y asumir el papel de liderazgo en la comunidad internacional una vez más para enfrentar el modelo autoritario promovido por China y Rusia. Esto no se puede hacer solo, los aliados son indispensables. La reanudación de sus responsabilidades globales y el respeto a los tratados de seguridad y defensa es esencial para las próximas décadas. Si Estados Unidos no compite con los avances actuales de China, corre el riesgo de perder su voz en la gobernanza global y su poder de toma de decisiones.

Biden no necesita una nueva estrategia hacia China, sino un cambio de enfoque que aborde la nueva realidad estructural y reconozca que la superioridad estratégica se encuentra en declive. No existe una “solución” correcta para el resurgimiento de una civilización de 1.4 billones de años de antigüedad. Este es un desafío que debe manejarse con un esfuerzo multidimensional y prolongado. Exigirá más que cualquier otro obstáculo que Estados Unidos haya enfrentado.

Una cosa es segura, ningún lado desea entrar en un conflicto armado en las próximas décadas. Esta opción sería completamente devastadora considerando el hecho de que ambas naciones poseen armamento nuclear. Washington intentará balancear el equilibrio de poder a su favor e intentará «domesticar» la política exterior de China mientras que Beijing se esforzará por deteriorar las alianzas estadounidenses y restringir su presencia en Asia, mientras expande su propia influencia. Hasta ahora, la estrategia china ha tenido mejores resultados en limitar la respuesta americana que los que ha obtenido Washington al intentar subyugar a China.

Si Estados Unidos no comienza a responder de manera más contundente al incremento geopolítico chino, podría encontrarse en el lado equivocado de un equilibrio de poder en Asia. Esto podría atentar con sus compromisos de seguridad en la región y permitir que China se convierta en la potencia regional dominante. Aunque la situación actual parece favorecer a China, si Estados Unidos es capaz de movilizar suficientes recursos y aprovechar sus alianzas en la región, podría mantener su actual equilibrio de poder a su favor y evitar que China asuma un papel hegemónico.

Portada: Asia Times

Fabio Almada

Fabio estudia una maestría en Economía Política Internacional en la Escuela de Estudios Internacionales de Bruselas de la Universidad de Kent y se graduó en la URJC. Con experiencia internacional en Argentina, Bélgica, Canadá, Francia, México, España y Perú en organizaciones como la OCDE, la OEA y Cámaras de Comercio. Sus principales intereses son la política digital, la economía del desarrollo y la política económica internacional.

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