URUEXIT: del reclamo legítimo al nacionalismo exacerbado

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El pasado viernes 26 de marzo se celebró la cumbre conmemorativa del 30º aniversario de la firma del Tratado de Asunción, el acuerdo entre Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay mediante el cual se creó el Mercosur. En la misma, el presidente uruguayo Luis Lacalle Pou anunció que su país propondría de manera formal el pedido de “flexibilizar” el organismo regional. El mandatario ya había abordado este asunto con anterioridad, concretamente en reuniones bilaterales con sus pares y en la cumbre del pasado diciembre mediante el canciller Bustillo.

Esta, sin embargo, no fue una cumbre más, pues se vivieron momentos de tensión bastante atípicos. En su participación, Lacalle Pou expresó de manera directa que el Mercosur “no puede ser un lastre ni un corset” que impida a Uruguay avanzar en materia comercial con potenciales socios extranjeros. Frente a esta intervención, el presidente argentino Alberto Fernández expresó: “Si nos hemos convertido en una carga, lo lamento. Una carga es algo que hace que a uno lo tiren de un barco, y lo más fácil es bajarse del barco si es que esa carga pesa mucho. Si somos un lastre, que tomen otro barco, pero lastre no somos de nadie”.

Tras el cruce, hubo eco en ambos lados del charco, convirtiéndose rápidamente en la noticia del día. Las redes, por supuesto, no estuvieron exentas de la polémica. Particularmente Twitter, donde un movimiento autodenominado como “#URUEXIT” o “#URUBYE”, alentó fervientemente a que Uruguay saliera del Mercosur, entendiendo que no era beneficioso para el país. Si bien estas plataformas no deben ser subestimadas, también es cierto que usualmente se convierten en micromundos donde minorías extremistas generan ruido e intentan imponer una determinada agenda. Pese a ello, sí resulta una buena oportunidad para reflexionar acerca de dicha posibilidad, que, en un principio, parecería sumar bastantes adherentes.

El reclamo legítimo: la flexibilización comercial

El tema que desemboca en dicho movimiento fue el pedido expreso que realizó el presidente uruguayo: ¿es sensato llamar a flexibilizar el bloque regional? En principio, sí. Independientemente de estar o no a favor, esta solicitud no es nueva. A lo que Lacalle Pou denominó “corset”, Tabaré Vázquez (ex presidente uruguayo) ya había llamado “jaula de oro” en 2016. Es importante remarcar que Vázquez era un socialdemócrata de lo que comúnmente se entiende por izquierda, y que Lacalle Pou es un liberal de derecha, por lo que a priori, este es un reclamo que trasciende ideologías.

Aun siendo legítimo el reclamo, las formas deben ser analizadas aparte. El momento, el ámbito y el vocabulario utilizado por Lacalle Pou podrían haber sido mejores. Hablar de flexibilización, tratados de libre comercio y apertura al mundo en medio de una pandemia resulta inoportuno. Primero, porque la atención de los gobernantes de la región se encuentra lógicamente en problemáticas derivadas de la pandemia; y segundo, porque el contexto global indica que los países y organismos regionales han adoptado posturas proteccionistas, siendo estrictos con barreras paraarancelarias y medidas sanitarias y fitosanitarias.

En suma, esta cumbre conmemorativa se celebró en el marco de la presidencia pro-tempore de la República Argentina. Un país que está viviendo una situación económica y social sumamente delicada. Más allá de sus desequilibrios macroeconómicos, el gobierno de Alberto Fernández asumió un país con 22 mil empresas cerradas en los últimos 4 años, consecuencia directa del shock de competitividad sufrido frente a una apertura comercial indiscriminada. Todo ello sin mencionar el pasado oscuro para el tejido industrial argentino, particularmente en los procesos neoliberales llevados adelante por los ministros Martínez de Hoz (1976-1981) y Domingo Cavallo (1991-1996). Por tanto, es imperioso entender que este es un tema sensible para la Argentina el cual no debería ser abordado con tanta liviandad.

Por último, y causante del revuelo, el vocabulario utilizado por Lacalle Pou fue bastante llamativo. Siendo un mandatario que cuida en demasía las palabras que emplea en sus discursos, se podría considerar que utilizó adrede la expresión “lastre” con la intencionalidad de generar cierta polémica. Siguiendo corrientes teóricas de las Relaciones Internacionales, como el realismo neoclásico, en ocasiones la política exterior de un país es moldeada por factores domésticos. En este sentido, es pertinente señalar que Uruguay está atravesando el peor momento sanitario desde que comenzó la pandemia, por lo que tendría sentido que haya sido una maniobra de distracción.

Dejando de lado la polémica, todo el ruido generado en redes evidenció que la integración regional suele ser un tema abordado de manera excesivamente trivial y con bastante desconocimiento por parte de la opinión pública. Por tanto, resulta necesario entrar en cuestiones un tanto más técnicas y determinar qué se entiende por flexibilización, y cuáles son las complejidades que giran en torno a la misma.

En el marco del Mercosur, esta expresión puede hacer referencia a dos cuestiones. En primer lugar, a su arquitectura jurídico-institucional. Por citar un ejemplo, sería lógico llamar a flexibilizar el sistema de toma de decisiones del bloque, ya que su rigidez ha implicado —entre otras causantes— que el proceso se vea enlentecido. Concretamente la regla del consenso parecería ser más propia de una mera cooperación interestatal que de un proceso de integración, pero este tema bien podría ser abordado en un artículo aparte. En segundo lugar, se encuentra la flexibilización comercial, aquella a la que Lacalle Pou ha hecho referencia.

Este apartado implica “viajar” directamente a los años 2000, donde en el marco del “relanzamiento del Mercosur” el Consejo Mercado Común (órgano superior y encargado de la conducción política del bloque) emitió la Decisión No. 32/00. La misma, entre otras cosas, prohibía a los Estados Parte firmar acuerdos preferenciales comerciales que no sean negociados por el bloque en su conjunto. Teniendo en cuenta que sus actos jurídicos tienen carácter vinculante gracias a su obligatoriedad establecida expresamente en el Protocolo de Ouro Preto (art. 42), dicha Decisión, en principio, ataría de manos a los Estados que busquen la vía unilateral a la hora de negociar acuerdos con terceros.

Sin embargo, esta Decisión no fue internalizada por ningún Estado pese a constituir un deber (art. 40 y 42 POP), es decir, no se incorporó a los ordenamientos jurídicos internos correspondientes. En consecuencia, la norma aún no está vigente y, por ende, no tiene validez. En virtud de ello, Uruguay no está obligado a cumplirla, por lo que sí estaría habilitado a suscribir acuerdos de índole comercial de manera unilateral. A esta misma conclusión arribó un estudio jurídico realizado por el anterior gobierno uruguayo en 2018, el cual discurrió de manera categórica que dicha Decisión no constituía una limitación, entendiendo que era meramente declarativa. En aquel entonces, el gobierno de Vázquez quería lograr un Tratado de Libre Comercio (TLC) con China.

Esto no impediría que surja una controversia en el caso de que un tercer Estado miembro demande formalmente la incorporación de la Decisión CMC No. 32/00. No obstante, para hacerlo el Estado reclamante debería tener internalizada la norma, lo cual no ha sucedido en 21 años. Aun así, esta omisión constituye una “ventana jurídica” que esquiva el impedimento de negociar unilateralmente con países extrazona. De hecho, si el gobierno de Vázquez no concretó el TLC con China fue porque no existía el consenso necesario en el partido del gobierno (el Frente Amplio), el cual contiene un ala marxista que usualmente rechaza cualquier tipo de liberalización económica y comercial.

El infantilismo posterior: el “URUEXIT” y su nacionalismo exacerbado

Resulta una obviedad que Lacalle Pou conoce estas complejidades normativas que han supuesto 30 años del Mercosur, por lo que simplemente elige una vía distinta en la búsqueda de la tan ansiada flexibilización. Mientras que Vázquez optó por “jugar” al borde de la legalidad normativa, Lacalle Pou busca generar el siempre difícil consenso que posibilite esta reconfiguración del bloque. La misma supondría avanzar hacia una liberalización comercial pero en “distintas velocidades”, expresión que no es nueva y que el mandatario suele utilizar.

Pese al abanico de opciones que se presentan, ya sea por desconocimiento u oportunismo, ninguna parece una opción viable para quienes impulsaron este movimiento autodenominado como “URUEXIT”, en clara referencia al término utilizado en la fácil y para nada traumática salida británica de la Unión Europea. Sarcasmo a un lado, las redes nuevamente demuestran ser la cuna de la desinformación y el reduccionismo, dándole protagonismo a un extremismo dogmático que poco entiende de puntos medios ni grises. Poco parece importar el contexto, ni las potenciales consecuencias, mucho menos los treinta años de esfuerzos continuos por parte de Uruguay para construir una mejor integración.

Una postura que ni siquiera identifica a quien esta colectividad votó. Dicho por el propio presidente uruguayo en una entrevista posterior a la cumbre, salir del organismo intergubernamental no es una opción. “De aquí en más tenemos mucho para construir, es más fácil romper y destruir, pero en un bloque donde prima el consenso, la unidad y la construcción deben extremarse en cada uno de los Estados. Yo confío en el Mercosur”.

Y cuidado, esto no debe suponer un impedimento para interpelar un proceso que presenta visibles falencias. El trigésimo aniversario debe suponer la excusa perfecta para poner en práctica el tan repetido “sinceramiento”, no desde una lógica que suponga “lamerse las heridas”, sino de tal forma que desprenda una postura proactiva en pos de solucionar las problemáticas que hoy día aquejan al bloque. Problemas que, en definitiva, no escapan de la crisis del multilateralismo latinoamericano: desde el fracaso en la conformación de organismos regionales hasta la nula coordinación en foros y organismos en común.

Regresando al tema central, no hay que perder de foco que la integración regional comprende como efecto intrínseco una interdependencia comercial entre sus partes. Si bien es cierto que Uruguay ha logrado desacoplarse de Argentina y Brasil en materia comercial, ambos aún son socios comerciales muy importantes para nuestro país (representan el 20% del total de bienes exportados). Perder estas preferencias arancelarias, teniendo en cuenta que son naciones con tradición proteccionista, no parecería sensato.

En este sentido, cabe preguntarse: ¿desde qué posición Uruguay negociaría un TLC con potencias extranjeras? El Mercosur es la quinta economía mundial; cuenta con dos países en el G20; es uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo; en términos geopolíticos su peso es innegablemente superior, cuestión no menor ya que posee el tercer acuífero de agua dulce más caudaloso del mundo y que corren tiempos en los que el agua cotiza en bolsa; y conforma un mercado de casi 300 millones de personas. Un país relativamente pequeño como Uruguay debería abrazar a la integración por la simple razón que se vuelve sustancialmente más fuerte.

Lo cierto es que especular sobre una posible salida del Mercosur en función de su flexibilidad comercial expone una concepción de la integración netamente economicista. Por el contrario, el éxito de un proceso de integración radica en comprender la importancia de integrarse en materia política, social, cultural, sanitaria, educativa, tecnológica, de seguridad, y de infraestructura. De igual manera, evidencia el fracaso del bloque en crear un sentido de pertenencia en sus habitantes, factiblemente por la falta de mecanismos de participación ciudadana y las pocas atribuciones al Parlamento del Mercosur.

De hecho, el escaso vínculo identitario demostrado por parte del pueblo uruguayo para con el Mercosur fue tal que, tras la polémica, surgió el hashtag “#youruguayo”. Patrocinado incluso por ministros del gabinete uruguayo, fue una tendencia paralela al #URUEXIT pero difundida por el mismo grupo de personas, quienes en mayor o menor medida se identifican con un liberalismo de derecha, un nacionalismo exacerbado, y el escepticismo hacia el multilateralismo y la integración. Una reacción que encaja a la perfección con algunas consignas impulsadas por las nuevas derechas neopatriotas: rechazo al multiculturalismo, a la globalización, al cosmopolitismo, y a todo aquello que desafíe la concepción westfaliana de la soberanía nacional.

Reduccionismos que vociferen ser la solución a todos los males nunca van a faltar, el verdadero desafío supone realizar revisionismos sinceros pero constructivos y, sobre todo, que contemplen la naturaleza compleja propia de estos temas. El mundo del mañana no espera, los desafíos del siglo ya están sobre la mesa: cambio climático, migración, automatización del empleo, desarrollo sustentable, innovación tecnológica, crisis del multilateralismo, inclusión social, entre un largo etcétera. En este contexto, el sumar fuerzas para potenciar el bloque como plataforma de inserción internacional se vuelve un imperativo impostergable. La pregunta no debe ser “Mercosur sí” o “Mercosur no”, sino cuál es el Mercosur que quieren sus Estados y cómo lograrán sortear sus diferencias para facilitar la concreción de objetivos comunes.

Portada: Visión Global (Diego Lema)

Diego Lema

Diego Lema tiene 23 años, es Técnico Asesor en Comercio Internacional y estudiante avanzado de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad de la República, Montevideo, Uruguay. A raíz de su pasión por la redacción y la coyuntura internacional, a mediados de 2020 fundó Visión Global. A su vez, en el año 2019 trabajó en la Organización de los Estados Americanos (OEA) como Pasante. Actualmente se desempeña como Asesor Legislativo en el Parlamento del Uruguay.

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